El anclaje se soltó con un chasquido que resonó por todo el casco.
Rhea Kaelen sintió la vibración en la prótesis antes que en el resto del cuerpo — una respuesta diferente, retardada, como si el brazo metálico percibiera el mundo a través de una frecuencia distinta. Ajustó el tirante gravitatorio con un movimiento corto, seco. La Kaelen’s Hand respondió tambaleándose, sus propulsores gemían al cuarenta por ciento de capacidad.
—Veintitrés grados de desviación —dijo el panel—. Corrección recomendada: tres grados estribor.
Rhea no respondió. Hablaba con los instrumentos solo cuando fallaban.
A través del viewport, el cinturón de escombros de Vespril-7 giraba en silencio absoluto. Fragmentos de hábitat rotaban entre asteroides capturados por la gravedad de Mourne. Un destello metálico parpadeó a cuatro kilómetros: el Artemis-3, módulo desprendido, quince metros de estructura que albergaba tres personas y un secreto.
—Kaelen. —La voz de Harlen Miko cortó por el canal, llena de ese sarcasmo que usaba como escudo—. ¿Sabes qué pasa con las leyes de Newton cuando alguien las ignora? Eso.
—¿Ventana de comunicación?
—Doce minutos. Empezando ahora.
Rhea calculó. Cuarenta y ocho horas desde el fallo de los anclajes de la colonia. Diecisiete horas hasta que la gravedad creciente de Mourne hiciera imposible cualquier rescate. Su combustible, con los propulsores al cuarenta por ciento, duraba quince horas y media si no desviaba ni un grado de ruta.
No tenía margen.
—Vespril-7 no puede enviar ayuda —continuó Miko—. Rescate en cincuenta y dos horas. Mareada en dieciocho.
—Lo sé.
—El Artemis-3 tiene tres personas dentro. Compuerta mecánica bloqueada. Voss está adentro.
Rhea apretó la mandíbula. Darian Voss. Ingeniero de estructuras. Había estado inspeccionando el exterior del módulo cuando se produjo el desprendimiento secundario. Ella logró entrar en el remolcador. Él intentó volver a buscar a los tres trabajadores. La compuerta se abrió. Rhea despegó. Lo atrapó dentro.
Un cálculo. No un rescate. Cuatro vidas valían más que una.
—¿Estado del reactor? —preguntó.
Miko dudó. Dos segundos. Demasiado.
—Operativo. Capacidad reducida.
Mentira por omisión. Rhea lo reconoció en el ritmo de la pausa.
—Miko.
—Rhea, hay algo que…
La señal se cortó. Doce minutos terminados. Veintidós horas hasta la siguiente ventana.
Rhea ajustó el tirante de nuevo. La Hand se acercaba al Artemis-3, navegando entre escombros que los sensores apenas distinguían. Fragmentos de diez centímetros a veinte metros. Colisión con cualquiera de ellos significaba perforación de casco. Muerte lenta en el vacío.
El comunicador interno chirrió.
—Kaelen. —La voz de Voss sonaba comprimida, distorsionada por la distancia y el metal—. Estoy en el compartimento de contención. Necesito que escuches.
Rhea activó el canal.
—Habla.
—El reactor tiene un defecto de fabricación. Dos milímetros. La cámara de aislamiento es más delgada de lo especificado.
Ella no respondió. Esperó.
—La radiación se filtra. Pero hay algo más: las vibraciones de tu remolcador están sincronizándose con la frecuencia de resonancia del reactor. Cada ciclo de propulsión acelera la fractura. Si aceleras de golpe, rompes el sello. Si mantienes velocidad constante, te quedas sin combustible antes de llegar.
Rhea calculó mentalmente. Perfil de velocidad. Empuje suave pero suficiente. Un punto exacto entre la suavidad que salvaba el reactor y la rapidez que salvaba las vidas.
—¿Puedes arreglarlo? —preguntó.
—No. Puedo hacerlo comportarse.
Una pausa. Respiración acelerada. Cuando Voss habló de nuevo, su voz había cambiado. Enumeraba variables, prioridades, escenarios. Enumeraba en voz alta el ritmo de su mente.
—Necesito abrir el sello de contención principal. Sincronizar manualmente el reactor con las vibraciones del remolcador. Cancelación de ondas. Pero para eso tengo que exponerme a radiación directa.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y siete segundos.
Rhea sintió que la prótesis se tensaba. Un tic. Una memoria de metal.
—Dosis —dijo.
—Un punto dos sieverts. Perderé la licencia permanente. Problemas oncológicos en tres a cinco años. Pero los tres trabajadores sobrevivirán. Tú llegarás con combustible suficiente.
Voss no era heroico. Solo practicaba otra aritmética.
—Decide —dijo Rhea.
—Ya lo hice. Abriendo sello en treinta segundos. Quédate en velocidad constante. No aceleres. No frenes. Confía en los números.
El canal se cortó.
Rhea miró los propulsores. Cuarenta por ciento. Combustible restante: quince horas. Mareada: diecisiete horas. La diferencia era delgada como una hoja de afeitar.
—Mejor llegar tarde que llegar vacío —murmuró Rhea.
Dos horas después, el cinturón se volvió letal.
Rhea desvió la nave dos veces. Primero para evitar un fragmento de quince metros que giraba con velocidad angular impredecible. Soltó el anclaje gravitatorio momentáneamente. La sección golpeó el casco. Una grieta.
Dentro del Artemis-3, uno de los tres trabajadores respiraba con dificultad. El aire escapaba por la fisura. Otro tapaba el agujero con una aleación improvisada mientras el tercero le apuntaba con una linterna porque la luz de emergencia estaba fundida.
Sin diálogos. Solo acción. Manos trabajando. Aire escapándose.
La segunda desviación fue una nube de microfragmentos. Rasgó los paneles solares de la Hand. Capacidad de recarga caída al doce por ciento. Rhea apagó sistemas no esenciales. Luces de pasillo. Calefacción secundaria. El café que mantenía caliente desde Tethys.
Miko había dicho algo antes de que la señal se cortara. Algo sobre el reactor. Sobre que la colonia sabía.
Rhea no tenía tiempo para la ira.
—Kaelen. —Voss de nuevo. Su voz sonaba diferente. Más lenta. El dosímetro en algún lugar del Artemis-3 parpadeaba en rojo—. Funcionó. Sincronización estable. El reactor dejó de vibrar.
—¿Estado?
—Centro de masa cambiado. Necesitarás recalibrar tracción. Combustible del remolcador: dieciocho por ciento.
Rhea hizo los cálculos. Sin la vibración del reactor, la física cambiaba. Podía redistribuir. Pero se quedaba sin margen.
—Voss.
—Dime.
—¿Por qué lo hiciste?
Silencio. Luego, por primera vez, Voss dejó de enumerar.
—Dime qué hiciste en Tethys.
La prótesis se trabó.
Rhea la miró. Brazo izquierdo, metálico, con sensores que percibían el mundo diferente. Perdido en Tethys, 2019. Fallo estructural. Ella fue la única sobreviviente.
Doce años. La pregunta había girado con ella cada noche, como el cinturón de escombros giraba alrededor de Mourne.
—Dejé atrás a cuatro personas —dijo Rhea. Su voz salió plana, mecánica. Buscó otra palabra y no la encontró—. Puerta cerrada. Presión externa. Si abierta, moríamos todos.
—¿Correcto?
—Sobreviví.
—¿Correcto? —insistió Voss.
Rhea cerró los ojos. El metal de la prótesis zumbaba contra el reposabrazos, una frecuencia que solo ella oía. Cuatro nombres que nunca decía en voz alta. Cuatro nombres que a veces olvidaba hasta que los volvía a recordar.
—No lo sé —dijo.
—Yo elijo diferente —dijo Voss—. Cuarenta y siete segundos de radiación. Tres vidas. No heroísmo. Solo otra suma.
El canal se cortó.
Rhea recalibró la tracción. Los números bailaban en la pantalla. Combustible: dieciocho por ciento. Mareada: catorce horas. Distancia al hangar de Vespril-7: doce horas a velocidad constante.
Seis horas de margen que no existían.
La alerta llegó sin previo aviso.
Pulso gravitatorio inesperado. Mourne no era un cuerpo estable. Mareas internas, masas subterráneas invisibles. El campo gravitatorio saltó un setenta por ciento en noventa segundos.
La Hand perdió treinta por ciento de orientación. El módulo se desligó parcialmente de los anclajes. Rhea metió la mano en el override manual.
La prótesis se trabó.
El mecanismo de articulación, forzado más allá de su especificación, se bloqueó. Sensores disparándose. Rhea tiró con el brazo derecho, compensando, buscando ángulo.
—Kaelen —dijo Voss desde el Artemis-3—. El módulo se está yendo.
—Lo sé.
—¿Qué hacemos?
Rhea miró los propulsores. Doce por ciento de combustible. Si forzaba tracción al cien por ciento y fallaba, la desintegración era inmediata. Si soltaba el módulo, los tres trabajadores morían.
No era decisión filosófica. Era mecánica.
—Voss, prepárate para desatascar mi brazo. Voy a meterlo al tope en el override.
—Va a romper la articulación.
—Ya está rota.
Metió el brazo izquierdo en el hueco de override. Metal contra metal. Forcejeó. La prótesis chirrió, protestó, cedió doce grados. Voss, desde el otro lado del casco, trabajaba en el panel de emergencia, liberando la articulación mecánica.
Doce segundos.
Los propulsores rugieron al cien por ciento. Anclajes cedieron dos más, pero sostuvieron. El módulo volvió al centro gravitatorio.
Rhea extrajo el brazo. La prótesis colgaba inútil, articulación destrozada. Su mano derecha sangraba donde el metal desgarrado había rasgado la piel.
No importaba.
Quedaban tres horas. Vespril-7 brillaba a lo lejos, hangares parpadeando como ojos de insecto.
Combustible: solo para dos horas y media.
Llegaría con media hora de reserva. No desaceleraría correctamente. Choque garantizado.
Rhea estudió el cinturón de escombros. Un fragmento de treinta metros giraba a ochenta kilómetros de distancia. Partículas de hielo orbitando alrededor. Fricción. Desaceleración pasiva.
Cálculo de milímetros y gravedad.
—Voss —dijo—. Agárrate.
Ajustó trayectoria. La Hand se acercó al fragmento. Temperaturas subiendo. Partículas de hielo impactando el casco como granos de arena a velocidad orbital. Siete segundos de fricción intensa.
Anclajes cediendo. Casco perforándose en siete puntos. Rhea mantuvo trayectoria sin desviarse ni un milímetro.
Tres segundos.
Dos.
Uno.
Silencio.
Velocidad reducida. Suficiente.
El hangar de Vespril-7 los recibió como una boca metálica. La Kaelen’s Hand impactó contra los amortiguadores con una fuerza que dejó a Rhea sin aliento. Los tres trabajadores salieron tambaleantes del Artemis-3: presión, hambre, sed, pero vivos.
Voss salió después.
Su piel tenía un tono grisáceo que no estaba allí antes. Manos temblorosas. El dosímetro, visible en su cinturón, marcaba un número que ambos entendían.
Rhea estaba sentada en la silla del capitán, inmóvil. Cuando los tres trabajadores le agradecieron, ella asintió sin decir nada.
Miko apareció por el hangar. Había llegado antes, en un bote de rescate. Su ironía habitual se había evaporado.
—Tres intactos —dijo—. Bastante bien.
Rhea respondió:
—La nave no.
La Kaelen’s Hand tenía el propulsor fundido, las compuertas de dos anclajes rotas, el casco perforado siete veces, los controles de navegación fuera de servicio. Era un cascarón de metal.
Miko se acercó. Bajó la voz.
—Hay algo que debes saber. La colonia sabía del defecto del reactor. Tres módulos idénticos. Reparar costaría cuarenta días de producción. Llevan seis meses esperando que algo pase.
Rhea no reaccionó.
—¿Cambia algo si alguien muere? —preguntó.
—Por eso estamos hablando ahora, Rhea.
Ella asintió. Miró sus manos: una protésica inútil, otra quemada por el metal. Pensó en las tres personas que ahora estarían comiendo algo caliente en la cafetería de Vespril-7. Pensó que en Tethys nadie había sobrevivido.
—El defecto es público ahora —dijo Miko—. No pueden seguir operando sin resolverlo. Nadie más morirá por este fallo.
Rhea se levantó. Su brazo izquierdo colgaba torpemente.
—Necesito transporte a Tethys —dijo—. Buscaré trabajo de operadora de grúa.
—¿Tu reputación? ¿Tu nave?
—No tengo nave. No tengo reputación. No tengo trabajo.
Caminó hacia el bote de transporte. Se sentó en el pasillo, espalda contra la pared fría. Miró las ventanillas que mostraban el cinturón de escombros girando en silencio.
En seis meses estaría buscando trabajo en otro lugar. Quizás en una mina. Quizás en otro remolcador, si alguien aceptaba contratar a una capitán sin nave y con una prótesis dañada.
No le importaba.
Pensó en Tethys. En la puerta cerrada. En los cuatro que dejó atrás.
La ventanilla del bote reflejaba el cinturón, estático y eterno, girando despacio en la oscuridad. Rhea lo observó un momento, esperando que apareciera algo entre los fragmentos. Nada apareció. El vacío seguía girando, indiferente, hermoso.
Cerró los ojos. El metal de la prótesis, inútil ahora, zumbaba apenas contra su muslo, una frecuencia que ella reconocía de doce años atrás.
Esta vez, no buscó respuestas. Esta vez, el zumbido se fue apagando solo, y ella se durmió antes de que cesara.
—
Modelo: Kimi-K2.5
