No puedo describir lo que vi sin mentir.
No porque no lo recuerde. Lo recuerdo todo: la temperatura del metal bajo mis dedos, el olor a ozono que precedió al apagón, el modo en que la sombra se detuvo antes de tocar la pared, como si las paredes fueran una idea que aún no había comprendido. Pero las palabras que tengo —sombra, pared, detenerse— son envases demasiado pequeños para lo que contenían. Usarlas es deformar.
Mi nombre es Saul Varn. Era topógrafo de la estación Erebo, antes de que Erebo dejara de existir como categoría útil.
Llegué el 14 de marzo, estándar Tierra. El contrato era de seis meses: mapear las irregularidades gravitacionales del sector Kappa-9, un agujero en el espacio interestelar donde las estrellas parecían doblarse sin motivo aparente. Erebo era una plataforma de once niveles suspendida en el punto de Lagrange entre dos masas muertas, un planeta rocoso sin atmósfera y su luna desgarrada. La estación llevaba operativa cuarenta años. Yo era el técnico número treinta y siete.
El técnico número treinta y seis había abandonado dos semanas antes de mi llegada. No solicitó traslado. No dejó informe. Simplemente subió a la lanzadera de suministros y no bajó. Su nombre era Dara Okonkwo. Su camarote sigue exactamente como lo dejó: una taza de café sintético sobre la mesa, media rosquilla en un plato, un par de botas de trabajo alineadas junto a la puerta. La cámara del pasillo la muestra saliendo a las 03:14, caminando hacia el módulo de acoplamiento, sonriendo. Nunca había sonreído en los registros anteriores. Eso está documentado.
Pasé el primer mes solo. El protocolo permite un solo operador si el sistema automatizado funciona al noventa por ciento, y Erebo funcionaba al noventa y cuatro. Mi trabajo consistía en verificar que los sensores de distorsión no estuvieran mintiendo. No lo estaban. Las lecturas eran correctas. El problema era que no tenían sentido.
En el sector Kappa-9, la luz no se comporta como debería. No es una anomalía óptica simple —refracción, lentes gravitacionales, espejismos cósmicos—. Es algo más básico. La luz parece recordar. Cuando apuntamos un láser hacia ciertas coordenadas, el reflejo llega antes de que el pulso salga. No es una ilusión de cronometraje. Hemos verificado los relojes atómicos. Hemos sincronizado con Tierra. El efecto es real, medible, repetible. Y no hay explicación.
El primer mes pasó sin incidentes. Bebía café sintético en la misma taza que Dara había dejado. La lavaba cada noche, la dejaba secar junto a la ventana que daba al planeta muerto. Me acostumbré a la soledad. Aquí no había espejos suficientes para mantener una historia viva sobre quién era. Me convertí en funciones: verificar, registrar, comer, dormir. La voz que hablaba en mis informes era plana, técnica, ajena. La reconocía menos cada día.
Fue en el segundo mes cuando encontré la puerta.
No debería haber estado allí. Los planos de Erebo son precisos: once niveles, ciento cuarenta y tres compartimentos, cuatro módulos de acoplamiento. No hay espacio para una puerta adicional. Y sin embargo, estaba. En el nivel siete, al final de un pasillo que yo había recorrido cincuenta veces, había una puerta que no figuraba en ningún diagrama.
Era diferente de las demás. Las puertas de Erebo son correderas metálicas, con paneles de control a la derecha, números estarcidos sobre el marco. Esta era de madera. Madera real, con vetas que yo podía seguir con la yema del dedo, nudos que formaban patrones casi reconocibles. El picaporte era de latón, frío, con una huella desgastada donde alguien —muchos— habían apoyado el pulgar.
No la abrí ese día. Reporté una anomalía estructural al sistema central. El sistema respondió: NIVEL SIETE: PASILLO 7C. ESTADO: NORMAL. No había puerta en sus datos. Tomé fotografías. Las fotografías mostraban una sección de pared lisa, sin interrupciones.
Guardé la cámara. Miré la puerta. Seguía allí.
Pasé tres días sin volver al nivel siete. Hice mi trabajo, envié mis informes, comí frente a la ventana donde el planeta muerto giraba en silencio. Pero pensaba en la puerta. Pensaba en la huella del pulgar, en quién habría dejado esa marca, en qué esperaba encontrar al otro lado. Erebo había tenido treinta y seis operadores antes que yo. ¿Cuántos habían visto la puerta? ¿Cuántos la habían abierto?
Dara Okonkwo había sonreído en la cámara. Nunca sonreía.
Volví el cuarto día. La puerta seguía allí. Esta vez noté detalles que había pasado por alto: el marco estaba ligeramente torcido, como instalado apresuradamente; había marcas de rozadura en el umbral, líneas paralelas que sugerían algo arrastrado; y olía. No olía a Erebo, a reciclaje y metal y ozono. Olía a tierra húmeda, a hojas en descomposición, a un bosque después de la lluvia. Un olor que no existía en ninguna parte de la estación.
Abrí la puerta.
El umbral no daba a otro compartimento de Erebo. Daba a una escalera de madera que descendía en espiral, iluminada por algo que no podía identificar. No había bombillas, no había ventanas, pero había luz. Una luz gris, difusa, como el cielo de una tarde de invierno. Y sonidos: el crujido de la madera bajo pies invisibles, el susurro de ropa moviéndose, una respiración que no era la mía.
Bajé.
No puedo decir cuánto tiempo duró el descenso. La estación Erebo tiene once niveles, ciento cuarenta metros de altura total. La escalera parecía ignorar esos límites. Conté trescientos pasos, luego dejé de contar. La temperatura descendía conmigo, pero no de manera uniforme. Había zonas donde el aire era cálido, casi sofocante, seguidas de tramos donde mi aliento se condensaba en nubes blancas. La madera cambiaba bajo mis pies: roble, pino, bambú, materiales que no habrían podido crecer en el mismo clima, el mismo continente, el mismo planeta.
En algún momento, dejé de estar solo.
No vi a nadie. No oí pasos que me siguieran. Pero sentía presencia, la certeza física de que había cuerpos en la oscuridad más allá de la luz gris, cuerpos que se apartaban cuando yo giraba la cabeza, que se detenían cuando yo me detenía. Una vez, en uno de los tramos cálidos, sentí un aliento en la nuca. Me volví. No había nada. Solo el eco de una risa que no había oído, pero que reconocí como mía.
Llegué a un rellano. Era amplio, circular, con puertas que se abrían en todas direcciones. No eran puertas de madera. Eran puertas de metal, de plástico, de tela colgada, de cortinas de cuentas. Cada una tenía un número sobre el marco. El uno, el dos, el tres, hasta el treinta y seis.
Treinta y seis puertas.
Treinta y seis operadores antes que yo.
Me acerqué a la número treinta y seis. La puerta era de vidrio esmerilado, como las de los hospitales. A través del cristal podía ver formas borrosas: una cama, una mesa, una figura sentada. Llamé. No hubo respuesta. Empujé. La puerta no se movía. Pero la figura dentro se levantó, caminó hacia el vidrio, apoyó una mano contra el otro lado. Vi la silueta de los dedos extendidos, cinco manchas oscuras contra la luz blanca del interior. Esperé que hablara. Esperé que se apartara. No hizo ninguna de las dos cosas. Simplemente permaneció allí, mano contra mano separadas por el cristal, hasta que me forcé a alejarme.
Miré las puertas que se extendían en círculo. Treinta y seis. Treinta y seis marcos, treinta y seis umbraleras gastadas por el paso de botas que reconocí como las mías.
Abrí la número doce sin pensar. Dentro, un Saul estaba arrodillado frente a la escalera de madera, intentando prender fuego a los peldaños con un soplete de laboratorio. Tenía los antebrazos cubiertos de cicatrices que formaban mapas que yo no había dibujado. No se volvió cuando entré. Simplemente siguió apretando el gatillo, aunque la llama no prendía.
Cerré esa puerta. Abrí la veintitrés. Este Saul nunca había salido de su camarote. Estaba frente a la ventana, bebiendo café, enviando informes. Una versión feliz, o al menos una que no había encontrado la puerta de madera en el pasillo 7C. La cerré antes de que me viera.
Frente a mí, el otro Saul observaba sin hablar.
La puerta número uno era de madera, como la de arriba. La abrí sin pensar.
Dentro había un cuarto que reconocí. Era mi camarote en Erebo. La misma cama estrecha, la misma ventana con el planeta muerto, la misma taza de café sobre la mesa. Pero había alguien sentado en la silla. Era yo. O alguien que se parecía lo suficiente a mí como para que la diferencia no importara. Tenía mi cara, mi postura, mis manos alrededor de la taza que yo había lavado cada noche. Pero cuando levantó la vista, sus ojos eran de un color que no era el mío. Eran del color de la luz gris de la escalera, del cielo de invierno, de la nada.
—Has tardado —dijo. Su voz era mi voz, pero con una cadencia que nunca había usado. Como si hablara traduciendo de un idioma que no tenía palabras para el tiempo.
—¿Quién eres? —pregunté. Mi propia voz sonó extraña, demasiado fuerte, demasiado lenta.
—Soy el que limpia la taza —respondió. Sonrió. Era la sonrisa de Dara Okonkwo en la cámara, la que ella nunca usaba—. Soy el que baja la escalera. Soy el que encuentra la puerta.
—Esto es una alucinación. El sector Kappa-9 produce efectos neurológicos. Radiación. Algo.
—El sector Kappa-9 produce testigos —dijo—. Eso es diferente. La luz allá fuera no se comporta mal. Simplemente ve cosas que aún no han ocurrido. Y las trae aquí. A este lugar. Donde las guardamos.
—¿Guardan qué?
—Todas las versiones existen aquí, en las habitaciones. Todas son reales. Todas son verdaderas. Ninguna es completa.
—¿Y tú? ¿Eres el original?
El otro levantó la taza a los labios. Bebió. El gesto era exactamente el mío —el modo de cerrar los dedos, la inclinación de la muñeca— pero ejecutado con una fluidez que yo nunca había logrado. Como si llevara siglos practicándolo.
—Soy el que queda cuando los demás se van —dijo—. El que no puede salir porque no tiene habitación propia. Mi puerta es la de arriba. Entro, bajo, hablo. Y cuando el siguiente llega, me convierto en sombra en la escalera, en aliento en la nuca, en la risa que no oyes.
—¿Por qué?
El sector Kappa-9 no es un agujero en el espacio —dijo—. Es un archivo. Y nosotros… somos las páginas que nadie quiere leer hasta el final.
Se levantó. Era mi altura, mi peso, la forma en que ladeaba la cabeza cuando pensaba. Pero sus movimientos tenían una fluidez incorrecta, como si estuviera acostumbrado a una gravedad diferente, a un tiempo que fluyera en otra dirección.
—La treinta y siete está vacía —dijo—.
Miré la puerta que indicaba. El número estaba grabado en latón, igual que los demás, pero la madera del marco era más clara, menos curtida por el tiempo. Nadie había pasado allí todavía. Nadie había dejado la marca del pulgar en el picaporte.
—¿Y si no quiero quedarme?
—Entonces subes —dijo—. Y esperas.
—¿Esperar qué?
—A que vuelva a aparecer. Siempre aparece. Para algunos a los dos meses. Para Dara, a los catorce. A los demás… —hizo una pausa—. El tiempo aquí es diferente. Pero cuando vuelvas a abrirla, no serás tú quien baje. Serás yo.
Me acerqué a la puerta de mi camarote. Estaba abierta. Podía ver el pasillo, la escalera que ascendía, la luz gris filtrándose desde arriba. Podía subir. Intentar olvidar.
Soltaba el picaporte de la treinta y siete cuando sentí algo. Una presión en el pecho, no física, sino la certeza de que si soltaba el metal, si daba un paso atrás, si subía la escalera, estaría eligiendo algo definitivo. Una sola versión. Una sola vida. Una sola serie de errores que cargar sin consuelo.
La habitación doce, con el Saul arrodillado junto a la escalera que no ardía.
La habitación veintitrés, con el Saul que seguía mirando por la ventana.
La treinta y seis, con la silueta contra el vidrio esmerilado, los dedos extendidos.
Todos elegibles. Todos posibles. Todas las variantes midpoint esperando ser vividas.
Subí la escalera.
No recuerdo el ascenso. Solo recuerdo el umbral, la puerta de madera, el pasillo 7C de Erebo con sus luces fluorescentes y su olor a reciclaje. Caminé hasta mi camarote. La taza estaba donde la había dejado. El planeta muerto giraba en la ventana. Todo era idéntico.
Pero había cambiado.
Ahora, cuando miro mi reflejo en la ventana oscura, veo dos caras superpuestas. La mía, y la del otro Saul, sonriendo con la sonrisa que nunca uso. Cuando hablo en mis informes, escucho dos voces: la mía, plana y técnica, y la suya, traduciendo de un idioma sin tiempo.
Espero la puerta.
Sé que volverá. Lo sé como sé mi nombre, mi peso, la forma de mi mano alrededor de la taza. Y cuando vuelva, bajaré un poco más. Veré la habitación treinta y cinco, treinta y cuatro, treinta y tres. Conoceré a los otros Saul, los que eligieron quedarse, los que huyeron, los que intentaron destruir la escalera. Todos están allí, en sus habitaciones, reales y verdaderos e incompletos.
Y algún día, no sé cuándo, dejaré de subir.
No será una decisión. No habrá un momento específico. Simplemente, en algún descenso, me daré cuenta de que no quiero volver. De que ser múltiple, ser documento, ser memoria de lo posible, es más fácil que ser uno solo, definitivo, responsable de cada elección sin el consuelo de las variantes.
Me convertiré en el otro. En el testigo. En el que sonríe con la sonrisa que no es mía.
Y cuando el técnico treinta y ocho llegue a Erebo, cuando encuentre la puerta de madera en el pasillo 7C, cuando baje la escalera y llegue al rellano con las treinta y siete puertas, yo seré el que esté sentado en la habitación uno, bebiendo café de una taza que no me pertenece, esperando para contarle la verdad que él no podrá soportar.
Que todos somos versiones.
Que ninguna es definitiva.
Que ser testigo es la única forma de ser real.
La puerta apareció ayer.
No la he abierto todavía.
Pero la estoy limpiando, pasando un trapo sobre la madera, siguiendo las vetas con la yema del dedo, memorizando el patrón de los nudos. Pronto sabré de memoria cada curva, cada grieta, cada lugar donde el pulgar dejó su marca.
Cuando llegue el momento, quiero que la apertura sea perfecta.
Quiero que el descenso sea completo.
Modelo: Kimi-K2.5
