Llego a las siete y cuarenta. El pasillo de la Oficina de Lo que Falta, nivel ciento diecisiete de Hexa, está vacío como siempre. No hay cola. No hay número que coger. Las puertas no tienen cerradura, solo sensores que se abren cuando alguien se acerca. Hace tres siglos que nadie roba nada porque no hay nada que no se pueda replicar. Pero mi despacho sigue teniendo puerta de cristal opaco y un timbre que suena cuando alguien entra. Yo soy la puerta. Yo soy lo que falta entre el ciudadano y su carencia.
Mi nombre es Dana Roldán. Oficiala de carencias, grado cuatro. Nueve años sellando permisos para necesitar.
Hoy atiendo a una mujer de ochenta y tres años que quiere necesitar algo. No sabe qué. Solo sabe que lleva seis meses levantándose sin propósito y cree que la Oficina puede asignarle una carencia, como se asignan las viviendas o los turnos médicos. Le digo que no se pueden fabricar carencias a demanda. Ella me mira con ojos que no han llorado en décadas porque el sistema no produce motivos para llorar. Me pregunta entonces para qué existe mi oficina. Le respondo que administramos la escasez restante. Ella dice que no ha visto escasez en su vida. Le digo: exacto.
Eso es lo que hago. Explico lo inexplicable a gente que nunca ha tenido que pedir nada.
Mi despacho tiene una mesa de composite gris, un sello biométrico y una ventana que da al patio interior de Hexa. Desde aquí no se ven las estrellas. Se ven jardines verticales que crecen solos, ascensores que suben y bajan sin pasajeros, y una pared de cristal donde el sol del sistema se refleja sin calentar nada. No hay temperatura en la abundancia. Todo está siempre bien.
Llevo tres semanas con el caso de la mujer. No es un caso. Es una pregunta que no tiene formulario. He revisado los códigos de asignación. He marcado sus antecedentes. Nada. No procede. Pero sigue volviendo cada martes a las diez en punto, se sienta en la silla delante de mi mesa, y espera que yo le diga qué le falta.
La semana pasada busqué su expediente en el archivo central. No tenía por qué hacerlo, pero lo hice. Encontré su nombre en el registro de diseñadores de la Oficina, retirada hace veinte años. Ella diseñó carencias. Fue de las primeras en crear los protocolos de asignación. Ahora viene a mi puerta pidiendo que le demos lo que ella misma inventó que se podía dar.
No le he dicho que lo sé. Cada martes la miro y pienso en mi padre, que murió en una cama sin dolor, sin deudas, sin nada pendiente, y cuyo único pesar fue no haber tenido nunca un pesar. Cuando murió, encontré en su cajón un papel en blanco con un borrón en el centro, como si hubiera intentado dibujar algo y no hubiera salido. Nunca le pregunté qué era. Ahora pienso que intentó dibujar algo que no se puede fabricar.
Yo no tengo carencias asignadas. He revisado mi expediente. Cero. Soy funcionaria de grado cuatro, cumplo los protocolos, vuelvo a casa a un apartamento que no necesito limpiar porque se limpia solo. Como alimentos que no necesito cultivar porque se replican. Duermo en una cama que no he elegido porque todas las camas son la misma cama. A veces, por las noches, enciendo el sello biométrico en mi mesa y lo dejo parpadeando en la oscuridad. Esa luz roja es lo más cerca que estoy de algo que no puedo tener.
Hoy la mujer no ha venido. En su lugar: un memorando. Una auditora civilizacional revisa los archivos del tercer siglo. Nos ordenan guardar los protocolos, no archivar nada fuera de norma. He mirado mi sello encendido y he pensado que no hay nada en este despacho que no sea norma. Excepto el borrón del cajón de mi padre, que no es protocolo ni puede archivarse.
Mi nombre es Teo Embat. Tengo cincuenta y un años. Nací en Vessel, pero no puedo volver. Eso no es una tragedia. Es mi carencia asignada, y la he convertido en territorio.
Llevo treinta años en la colonia agrícola de Vessel, o más bien en la periferia de Vessel, en la zona de invernaderos donde el suelo es rojo y la lluvia llega una vez cada dos semanas, programada. Soy necesitado certificado, categoría geográfica. La Oficina determinó al nacimiento que mi presencia en el mundo natal de mis padres causaría un desequilibrio demográfico medible. Por eso me asignaron la imposibilidad de retorno. No es prisión. Es un límite bonito. Un techo de cristal invisible. Puedo pedir cualquier cosa excepto pisar el suelo donde nací.
Escribo cada año una carta a Vessel. La carta no tiene destinatario. La Oficina me la devuelve con un sello que dice «imposible de entregar, carencia vigente». Guardo las cartas en una caja de plástico agrícola, debajo de mi cama. Son treinta. La primera la escribí con seis años, copiando la letra de mi madre. La última la escribí ayer, a la luz del invernadero número siete, donde cultivo tomates que no necesito cultivar porque los replicadores fabrican tomates mejores.
Los míos tienen imperfecciones. Algunos están agrietados. A veces les falla el color. Los vendo en el mercado de trueque de la colina, donde todavía existe el trueque porque algunas personas necesitamos fingir que las cosas cuestan. Nadie me compra los tomates por hambre. Me los compran porque tienen un defecto que los replicadores no tienen. Ese defecto es lo que vendo.
Hace tres semanas vino un emisario de la Oficina. No era un emisario, era un mensaje en mi panel, pero yo lo llamo emisario porque la formalidad me ayuda a entender lo que no quiero entender. El mensaje decía que existe ahora un trámite de revocación de carencias. Que tras tres siglos de estudios se ha determinado que algunas carencias ya no tienen justificación demográfica. Que puedo solicitar la eliminación de mi carencia geográfica. Que puedo volver a Vessel.
Leí el mensaje diecinueve veces. Luego fui al invernadero número siete y rompí seis tomates sin querer romperlos. Mis manos temblaban. No de alegría. De miedo. Si me quitaban la carencia, me devolvían un lugar que ya no sé pisar. Treinta años construyendo una vida alrededor de un agujero, y ahora me ofrecen llenarlo con exactamente lo que le falta.
Presenté un recurso de conservación. Es el primer recurso de esta clase en la colonia. Nadie me ayudó a redactarlo; lo escribí como escribo las cartas a Vessel, con la misma letra torcida, con las mismas faltas de ortografía que mi madre no me corrigió porque nos abandonó cuando yo tenía cuatro años, antes de que la Oficina me asignara la carencia. Pedí que se mantuviera, que se certificara como patrimonio personal, que nadie pudiera revocarla sin mi permiso.
Ayer recibí la respuesta. El recurso ha sido admitido a trámite. Por primera vez en treinta años, algo que me falta es mío de verdad.
Esta mañana escribí la carta número treinta y uno a Vessel. Por primera vez no la escribí como si escribiera a un lugar al que no puedo ir. La escribí como quien escribe a un lugar que ha elegido no visitar. Esa diferencia es tan pequeña que cabe en la grieta de un tomate. Pero ocupa todo lo que soy.
Soy Vera Sess. Tengo sesenta y ocho años. He pasado cuarenta y dos de ellas auditando sistemas que funcionan correctamente. Hoy cierro el informe del tercer siglo de abundancia del Consorcio de Mundos Habitados.
El informe tiene mil ochocientas páginas. Dice que nadie muere de hambre. Que nadie muere de frío. Que el acceso a la salud es universal y la replicación de bienes cubre el ciento cincuenta por ciento de la demanda calculada. Es un informe de éxito. Lo he redactado tres veces. En la primera versión usé la palabra «éxito» setenta y tres veces. En la segunda ochenta y una. En esta última cero.
He encontrado algo que no cuadra. Llevo ocho meses encontrándolo, desde que una estadística menor llamó mi atención: el índice de satisfacción vital no ha subido en ochenta años. Se mantiene estable con una precisión que la física envidiaría. En un sistema sin escasez material, sin conflictos de distribución, sin competencia por recursos, la satisfacción debería oscilar al alza. No lo hace. La línea es plana como una tumba.
He cruzado datos. El volumen de carencias asignadas por la Oficina de Lo que Falta ha crecido, año tras año, exactamente al mismo ritmo que la capacidad de replicación. Es una correlación perfecta. Cuanto más se puede tener, más carencias se crean. No para limitar la distribución. Para que las personas tengan algo que no pueden tener. Para que el sistema no se ahogue en su propia generosidad.
He auditado los archivos de diseño de carencias. Existen. Hay un departamento entero que se dedica a inventar faltas creíbles. Geográficas, temporales, emocionales. Límites que no protegen a nadie de nada, excepto de la ausencia de límites. He leído los criterios estéticos de asignación. Una carencia debe ser lo suficientemente grande para dar forma a una vida, y lo suficientemente pequeña para no destruirla. Debe dejar espacio para la ambición, pero no para la plenitud. Debe ser visible en el espejo, pero no en el expediente médico.
He escrito todo esto en un anexo aparte. A mano. En papel, que es material que no se puede borrar con una orden de sistema. El anexo no lo he entregado. O quizá sí. Esta mañana lo metí en el sobre oficial, cerré, lo abrí otra vez, lo cerré, lo dejé sobre la mesa. Cuando volví a la oficina ya no estaba. No recuerdo si lo envié o si lo guardé en mi cajón. Dicen que es la edad. No es la edad. Es que hay documentos que no se pueden firmar ni retirar. Hay verdades que solo caben en el espacio entre enviar y no enviar.
He revisado mi propio expediente. Tengo una carencia asignada desde los treinta y dos años: la imposibilidad de tener hijos, por razones de cuota genética demográfica. Nunca la he cuestionado. Siempre pensé que era justa. Ahora reviso los criterios y veo que en el año de mi nacimiento la cuota genética estaba cubierta al noventa y dos por ciento. Podía haber sobrado espacio. Pero me asignaron la carencia. Y yo la acepté. Y la convertí en parte de quién soy. Y ahora, al escribir el informe, no sé si esa carencia me protegió de algo o si me lo quitó todo. No sé si la Oficina administra la escasez que queda o si fabrica la escasez que necesita para seguir existiendo.
He escrito la frase final del informe oficial tres veces. La primera decía: «El sistema funciona.» La segunda: «El sistema funciona correctamente.» La tercera: «La carencia cubre.» No sé qué significa. Pero las tres personas que han leído el borrador me han dicho que es la frase más exacta que han leído en un informe de auditoría. Así que la dejo.
La mujer volvió hoy. La diseñadora de carencias, la de ochenta y tres años. Esta vez no pidió nada. Se sentó en la silla, me miró, y dijo que había venido a devolver algo. Sacó un sello antiguo, de los primeros que se usaron en la Oficina, antes de la biométrica. Me lo entregó. Dijo que ya no necesitaba sellar nada. Que había descubierto, después de seis meses sentada frente a mí, que necesitar algo no es lo mismo que querer algo. Que ella no quería una carencia. Quería saber qué se siente querer.
Tomé el sello. Es de metal pesado, mango de madera pulido por miles de manos que ya no existen. Lo puse encima de mi mesa, junto al sello biométrico. Los dos sellos juntos parecen una pregunta y una respuesta, aunque no sé cuál es cuál.
Después le pedí que rellenara un formulario de baja de solicitud. Ella sonrió. No había formulario para eso. Así que inventé uno. Lo escribí en un papel en blanco, con los casilleros mal hechos, sin códigos de barra. Ella lo firmó con su nombre completo. Yo lo sellé con el sello viejo, que dejó una marca borrosa, imperfecta, hermosa. Esa marca es lo único que he hecho esta semana que no está en la base de datos.
Gané el recurso. La Oficina ha certificado que mi carencia geográfica es irrevocable por decisión del interesado. Soy el primer ciudadano del Consorcio que posee oficialmente lo que le falta. Tengo un papel con el sello de la Oficina que dice: «Al portador se le niega Vessel, a petición propia.»
Llevé el papel al invernadero número siete, lo metí en una bolsa de plástico agrícola y lo enterre junto a las raíces de un tomate que nacerá en seis semanas. Cuando nazca, será el primero que cultive sabiendo que puedo irme y me quedo. Ese sabor, si es que los tomates tienen sabor de verdad, será el mío.
He escrito la carta treinta y dos. No a Vessel. A la Oficina. Les pido que me asignen una segunda carencia. No sé cuál. Pero después de treinta años de saber lo que me falta, descubro que necesito otra falta para que la primera siga teniendo forma. No es que sea adicto: una carencia sola es una herida. Dos son un mapa. Y sin mapa no sé quién soy.
Encontré el anexo. Estaba en mi cajón, no en el sobre. No lo envié. Lo releo esta noche en mi apartamento, a la luz de la pantalla que no necesito mirar porque la abundancia ilumina todo por sí sola.
He añadido una nota al margen. Dice: «La Oficina no es cruel. La crueldad sería dejar que el sistema se derrumbara por dar demasiado. La Oficina es competente. La competencia sin fin es la única tiranía que no necesita prisiones.»
Mañana entrego el informe oficial. Sin anexo. El sobre cerrado con la frase final intacta: «La carencia cubre.»
He dicho esas tres palabras en voz alta, en la oscuridad de mi apartamento, y he oído tres ecos distintos. Uno que dice que el sistema es benigno, que protege a la gente de la vacuidad. Otro que dice que el sistema es la tiranía más elegante jamás montada, porque fabrica la falta que pretende remediar. Y un tercer eco, más quieto, que dice que ambas cosas son verdad, y que la verdad no es un problema que pueda resolverse. Es solo una condición que se administra.
Yo administré la verdad durante cuarenta y dos años. Mañana dejo de hacerlo. Me jubilo. Mi carencia de hijos me dejará sola en un apartamento limpio, con comida que no cociné, en un sistema que funciona. Y pensaré, como pienso ahora, que quizá la única carencia real es la que no puede asignarse. La que no tiene formulario. La que no se puede sellar.
La que no tiene nombre. Excepto mi nombre. Excepto el tuyo.
La mujer de ochenta y tres años no volverá. Yo seguiré aquí, sellando negaciones y permisos, hasta que me jubilen o me asignen una carencia propia. A veces pienso que el sistema funciona porque hay gente como yo en cada nivel, creyendo que lo que hace es necesario, sin saber si lo de ‘necesario’ existe de verdad o es la última carencia por inventar.
Hoy, después de que se fuera, encendí el sello biométrico y lo dejé parpadeando en la oscuridad. Junto a él, el sello viejo de la diseñadora. Las dos luces —una roja y ninguna— se miraron en mi mesa vacía.
Yo no elegí estar aquí. Pero aquí estoy. Y mientras alguien siga sentado enfrente pidiendo lo que no puede nombrar, mi trabajo tiene sentido. No sé si es bueno. Pero es el único que tengo.
Modelo: Kimi-K2.5
