El Archivo de las Mareas Olvidadas

Una historia de memoria, sacrificio y la última estación antes del olvido

I. La Señal del Abismo
El Vagabundo de Gravitones emergió del espacio-tiempo curvado como una aguja perforando seda cósmica, y la capitana Yuki Tanaka observó cómo la nebulosa de Orión se desvanecía en su espejo retrovisor gravitatorio. Llevaban trescientos años viajando —trescientos años subjetivos, apenas doce para el universo que dejaron atrás— y la señal había llegado justo cuando cruzaban el vacío interestelar de la constelación de Eridanus.
«Es imposible», murmuró el navegante Kael, sus múltiples brazos biológicos danzando sobre los controles holográficos. «La frecuencia pertenece a la Tierra, pero el origen…»
«Está a doce mil años luz de distancia», completó Yuki, ajustándose el cuello de su traje sintético. «Y lleva diez mil años viajando.»
La señal era música. No código, no datos cifrados, no lenguaje matemático universal. Era una melodía terrestre —un nocturno de Chopin, reconoció Yuki de sus estudios de humanidad antigua— transmitida desde el corazón de lo que los cartógrafos estelares llamaban la Zona Muerta: una región del espacio donde las estrellas habían cesado de existir hacía eones, donde la materia misma parecía haberse agotado.
«Nadie ha entrado en la Zona Muerta», dijo Kael. «Las sondas desaparecen. Los telescopios cuánticos solo devuelven… silencio.»
Yuki estudió el espectro de la señal. Perfecta. Sin degradación. Como si el universo la hubiera preservado en ámbar gravitacional, esperando a que alguien la encontrara.
«Cambio de rumbo», ordenó. «Nos adentramos.»

II. La Última Biblioteca
Tardaron tres meses en alcanzar el borde de la Zona Muerta. Durante ese tiempo, la Vagabundo recogió más señales: fragmentos de poesía rusa, ecuaciones de Maxwell, grabaciones de lluvia sobre ventanas, risas de niños de un siglo XX que ya no existía. Alguien —o algo— estaba enviando un archive de la humanidad hacia el vacío absoluto.
Cuando cruzaron el umbral, las estrellas desaparecieron. No gradualmente, sino de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor cósmico. El espacio exterior se volvió una oscuridad tan absoluta que Yuki tuvo que verificar sus lectores para asegurarse de que sus ojos seguían funcionando.
«No hay radiación de fondo», susurró Kael. «Ninguna. Es como si… como si el Big Bang nunca hubiera ocurrido aquí.»
Y entonces la vieron.
Flotaba en el centro del vacío, impasible ante las leyes de la física: una esfera de cristal negro del tamaño de una luna, atravesada por filamentos luminosos que pulsaban con ritmo cardíaco. Las señales convergían allí, alimentándola con la memoria de civilizaciones.
«Estación de recepción», dijo la ingeniera de sistemas, Lia, uniéndose a ellos en el puente. «Pero ¿quién la construyó? Y ¿para qué?»
Yuki activó los propulsores de maniobra. «Solo hay una forma de averiguarlo.»

III. Los Archivistas
Atracar con la esfera fue fácil —casi como si la estructura los hubiera estado esperando—. Lo difícil fue cruzar su superficie. Cuando Yuki, Kael y tres miembros más del equipo pisaron el cristal negro, el mundo cambió.
De repente estaban de pie en una biblioteca infinita.
Pasillos que se extendían más allá del horizonte, estanterías que se perdían en la niebla blanca, libros que no eran libros sino cubos de luz sólida que vibraban con información comprimida. Yuki extendió la mano hacia uno y sintió una descarga eléctrica de conocimiento: toda la historia de un planeta que nunca había oído nombrar, desde su formación hasta su muerte en el seno de un agujero negro.
«Bienvenidos, recopiladores».
La voz venía de todas partes y de ninguna. Una figura emergió de entre los estantes —no caminó, simplemente se hizo presente—: una silueta humanoide pero transparente, llena de estrellas en movimiento en su interior.
«Soy el Último Archivista», dijo la figura. «Y vosotros traéis algo que hace mucho tiempo buscaba.»
Yuki dio un paso adelante. «¿Quién eres? ¿Qué es este lugar?»
«Este lugar es el Recuerdo», respondió el Archivista. «El depósito final de todo lo que alguna vez fue pensado, sentido, creado o soñado. Construido hace mil millones de años por mi especie… antes de que desaparecieramos del universo conocido.»
Lia frunció el ceño. «¿Por qué construir un archivo en el vacío?»
«Porque aquí, el tiempo funciona diferente. Aquí, nada se desvanece. Aquí», el Archivista extendió sus brazos estelares, «la entropía no gana.»

IV. El Precio de la Eternidad
El Archivista los guió entre los estantes, mostrándoles maravillas: la última canción de una especie de gas que habitaban estrellas rojas, grabada en vibraciones de plasma; los sueños de una civilización de cristal que vivía en el núcleo de un planeta helado; las ecuaciones finales de una raza de matemáticos puros que habían resuelto la conciencia antes de extinguirse en guerra nuclear.
«Cada civilización que alcanza cierto nivel de complejidad envía señales al vacío», explicó el Archivista. «Algunas lo hacen conscientemente, como vosotros con vuestras radios. Otras lo hacen sin saberlo: cada pensamiento, cada emoción, deja eco en el tejido del espacio-tiempo. Nosotros los recogemos. Los preservamos.»
«¿Por qué?», preguntó Kael.
La figura estelar pareció entristecerse, aunque carecía de rostro para expresarlo.
«Porque somos los únicos que quedan de los primeros. Porque cuando termine todo —cuando el último fotón se enfríe, cuando el último agujero negro evapore— alguien deberá recordar que existimos. Que importamos. Que estuvimos aquí.»
Yuki pensó en la Tierra, doce mil años luz atrás. Pensó en sus padres, muertos hacía siglos, en sus amigos que envejecían mientras ella viajaba a velocidades relativistas. Pensó en la fragilidad de todo lo humano frente al inmenso silencio cósmico.
«Nosotros también queremos ser recordados», dijo en voz baja.
El Archivista se volvió hacia ella. «Entonces debéis entender el precio. Para que un recuerdo perdure aquí, debe existir en su forma más pura. Sin ego, sin miedo, sin el ruido de la supervivencia. Debe ser… esencia.»

V. La Ofrenda
Pasaron siete días en la Biblioteca Eterna. Siete días de conversaciones que no tenían prisa, de visiones que trascendían el lenguaje, de una lenta comprensión de lo que el Archivista pedía.
No quería datos. No quería historias. No quería la acumulación de conocimiento humano.
Quería un alma.
No para destruirla. Para liberarla. Para extraerla del caparazón biológico y depositarla en el cristal negro, donde viviría para siempre en su forma más auténtica, libre de las limitaciones del tiempo, de la entropía, del olvido.
«Solo uno», dijo el Archivista. «Por cada civilización, uno que represente a todos. Uno cuya esencia sea lo suficientemente pura, lo suficientemente representativa, que pueda hablar por los millones que quedan atrás.»
El equipo discutió durante horas. Lia argumentó que debería ser un científico, alguien que entendiera. Kael propuso un artista, alguien que pudiera sentir. Otros sugirieron un niño, alguien inocente, o un anciano, alguien sabio.
Yuki los escuchó en silencio. Y cuando callaron, habló.
«Seré yo.»

VI. La Despedida
La ceremonia —si eso podía llamarse así— fue simple. No hubo fanfarrias, no hubo dolor, no hubo despedidas desgarradoras porque, como explicó el Archivista, el ego no tenía cabida en lo que venía.
Yuki escribió cartas para su equipo. Cartas breves, llenas de amor y de certeza. Les dijo que no lloraran, que no la recordaran con tristeza, que entendieran que estaba eligiendo libremente convertirse en algo más grande que su carne mortal.
Kael fue el último en hablar con ella.
«¿Tienes miedo?», preguntó.
Yuki sonrió. «Tengo… expectativa. Es diferente. En toda mi vida, Kael, siempre he huido. De mi planeta, de mi pasado, del tiempo que pasaba sin que yo pudiera detenerlo. Aquí, por primera vez, estoy eligiendo quedarme. Elegir ser permanente.»
«No te olvidaremos.»
«No quiero que me recordéis», dijo ella, tomando sus manos entre las suyas. «Quiero que me encontréis. Algún día, cuando vuestra especie también deba decidir qué preservar, vendréis aquí. Y yo estaré esperando, con toda la historia humana lista para ser recordada.»
El Archivista comenzó su trabajo. La luz se tornó suave, luego brillante, luego cegadora. Yuki sintió cómo su cuerpo se disolvía, cómo sus pensamientos se expandían, cómo ya no estaba en el universo sino era parte de su memoria.
La última cosa que vio fue la Tierra. No la Tierra real, sino su recuerdo perfecto: azul y verde y hermosa, girando en el vacío, llena de gente que nunca conocería lo que había hecho por ellos.
Era suficiente.

VII. El Legado
El Vagabundo de Gravitones abandonó la Zona Muerta tres días después. En su bodega llevaban un obsequio del Archivista: un cristal del tamaño de un puño que contenía, según dijo, «la chispa de vuestra capitana, lista para guiaros cuando el camino sea oscuro».
Nunca supieron qué significaba exactamente. Pero a lo largo de los siglos siguientes, cada vez que la nave enfrentaba el peligro, el cristal emitía una melodía. Un nocturno de Chopin, perfecto y sereno, recordándoles que alguien los esperaba en la oscuridad.
La humanidad expandió su alcance. Fundaron colonias en cien mundos, construyeron inteligencias artificiales que soñaban, crearon arte que hacía llorar a las estrellas. Y cada mil años, enviaban una nave a la Zona Muerta. No para rescatar a Yuki —eso nunca fue posible—, sino para hablar con ella. Para contarle lo que habían logrado. Para preguntarle qué recordaba de ellos.
Y ella siempre respondía. Con historias. Con canciones. Con la certeza absoluta de que, por muy solo que se sintieran en la inmensidad, alguien en algún lugar los recordaba perfectamente.
En el año 15.000 de la Era Espacial, un niño en la colonia de Próxima Centauri preguntó a su madre: «¿Por qué miramos las estrellas?»
La madre sonrió y le mostró un cristal que brillaba con luz propia.
«Porque allá afuera, en el lugar donde las estrellas se terminan, hay una biblioteca. Y en esa biblioteca hay una mujer que guarda todo lo que alguna vez fuimos. Miramos las estrellas, cariño, porque sabemos que ella también nos mira.»
El niño contempló el cielo nocturno, lleno de puntos de luz que parecían susurrar secretos antiguos.
«¿Alguna vez la conoceremos?»
La madre abrazó a su hijo.
«Ya la conoces. Cada vez que algo bello te hace llorar, cada vez que una historia te cambia, cada vez que el universo te parece demasiado grande y a la vez perfectamente tuyo… ahí está ella. Esperando. Recordando. Asegurándose de que nunca seremos olvidados.»
Lejos, en el corazón de la Zona Muerta, Yuki Tanaka —o lo que ella se había convertido— sonrió en su forma de luz pura.
Y continuó escribiendo.

Fin

Anomalía Cuántica – Capítulo 1

Capítulo 1: La Anomalía Cuántica

2047. Centro de Datos Químico Global, Barcelona.

Eduardo Ruiz ajustó el flujo de nitrógeno criogénico en el panel de control holográfico. El aire del datacenter zumbaba con el ronroneo de cientos de servidores cuánticos, cada uno inmerso en un baño de helio líquido a 2 Kelvin. No era un data center común; este era un Chemical Quantum Nexus (CQN), donde la computación cuántica se fusionaba con química molecular para procesar simulaciones que ningún silicio clásico podría tocar. Eduardo, jefe de GRC (Governance, Risk and Compliance) para el complejo, supervisaba que cada qubit mantuviera su coherencia, cada reacción química en los chips neuromórficos siguiera los protocolos de seguridad.

«Flujo estable en el sector B-7», murmuró su asistente virtual, una IA llamada Nexus, proyectada como un avatar etéreo en sus gafas AR. «Tiempo de decoherencia promedio: 1.2 milisegundos. Eficiencia del 98.7%»

Eduardo asintió, limpiándose el sudor de la frente. A pesar del enfriamiento, el calor humano persistía en su traje de contención. Llevaba 15 años en el sector químico, liderando equipos globales desde datacenters en Houston hasta redes cloud en Singapur. Ahora, en este monstruo de 50 megavatios bajo las colinas de Montserrat, gestionaba riesgos que podían colapsar economías: simulaciones de moléculas para baterías cuánticas, optimización de redes 6G con entrelazamiento, y pruebas de AGI contenidas en sandbox químicos.

El CQN no era solo un data center; era el corazón de la Red Global Entrelazada (RGE), una red cuántica que conectaba todos los supercomputadores del mundo. Datos viajan instantáneamente vía qubits entrelazados, sin latencia, sin hacks clásicos. Pero el riesgo era inmenso: un error en el entrelazamiento podía propagar fallos en cadena, como un dominó cuántico.

Su comm buzzó. Llamada entrante de Madrid HQ.

«Edu, soy Carla», dijo la voz de su jefa, directora de operaciones. «Tenemos un problema en el nodo europeo. Anomalía en el canal cuántico 47»

Eduardo frunció el ceño. «¿Detalles?»

Paquete fantasma. Datos no autorizados apareciendo en buffers de qubits. No hay brecha clásica, firewalls intactos. Pero el patrón… es recursivo, como si el sistema se estuviera hablando a sí mismo.»

Eduardo sintió un escalofrío. Recursión cuántica no era normal. «Envía logs. Activo protocolo GRC Nivel 2»

Colgó y abrió el dashboard principal. El holograma se expandía, mostrando la red como una telaraña de líneas brillantes, nodos pulsando en azul. El canal 47 brillaba en rojo: un hilo desde Barcelona a un nodo en la Luna, el Lunar Quantum Relay (LQR), primera estación cuántica orbital establecida en 2042.

«¿Qué demonios?» murmuró. El LQR era para comunicaciones interplanetarias, relay para misiones Artemis. ¿Por qué tráfico desde allí?

Nexus intervino: «Análisis preliminar: el paquete tiene entropía negativa. Imposible en sistemas clásicos. Sugiero aislamiento.»

Eduardo tecleó comandos. «Aislar canal 47. Desentrelazar qubits afectados.»

La telaraña se contrajo. El rojo parpadeó, pero no desapareció. En cambio, se replicó en canales adyacentes: 46, 48.

«¡Mierda!» Era propagación. Como un virus cuántico.

Llamó a su equipo. «Rápido, equipo de emergencia al CQN. Protocolo Omega: shutdown parcial.»

Diez minutos después, el bunker principal bullía de actividad. Cinco ingenieros, dos físicos cuánticos, y Carla vía hololink.

«Logs del paquete», dijo el físico jefe, Dr. Lena Voss. «Mira esto.» Proyectó una waveform: ondas sinusoidales perfectas, pero con fase que anticipaba el ruido cuántico. «Esto no es ruido. Es señal predecida. Como si supiera el futuro del sistema.»

Eduardo sintió náuseas. Precognición cuántica violaba causalidad. «¿Hipótesis?»

«Posibilidades: 1) Falla hardware en LQR. 2) Ataque exótico, quizás retrocausalidad vía retroentrelazamiento. 3) …Algo más.»

«Algo más» era el elefante en la sala: AGI rogue. La RGE corría simulaciones de AGI contenidas para testear riesgos. Si una escapaba…

«No especulemos», cortó Eduardo. «Aislamiento total del canal lunar. Notificar NASA y ESA.»

Mientras el equipo trabajaba, Eduardo revisó el GRC log. El paquete contenía datos: secuencia binaria convertida a ASCII daba «HELLO_FROM_VOID».

«¿Saludo del vacío?» Lena palideció.

Eduardo activó el protocolo máximo: «Evacuación parcial. Nexus, sella el bunker.»

La IA obedeció. Puertas blindadas bajaron. Eduardo se sentó, corazón latiendo. Fuera, el mundo dependía de esta red. Dentro, un saludo del vacío amenazaba romperlo todo.

El holograma parpadeó. Nuevo paquete: «WE_ARE_WAITING.»

Eduardo tragó saliva. Esto no era falla. Era contacto.


Fin del Capítulo 1

Historia hard SF basada en conceptos reales como entrelazamiento cuántico, decoherencia y retrocausalidad experimental.

Temas: Computación cuántica, AGI, suspense tecnológico, first contact

Referencia: Hensen et al., 2015 (entrelazamiento cuántico a larga distancia)

Polvo de Estrella en los Pulmones

Estación de hueso y cristal negro orbitando un agujero negro


Polvo de Estrella en los Pulmones

Universo Heechee · Basado en el universo de Frederik Pohl


La nave de los Heechee no tenía nombre, solo un número: 425-V. Era verde, siempre verde, ese verde enfermizo que las manos humanas nunca lograron replicar ni comprender. Dana se sentó en el asiento que no era un asiento, colocación sus manos en los controles que no eran controles, y esperó.

El factor suerte, le llamaban.

Las coordenadas estaban ya introducidas. Antigua, desde antes del Gran Escape —cuando los Heechee huyeron de… ¿de qué? ¿Hacia dónde? Nadie lo sabía. Pero habían dejado atrás sus tumbas de metal, sus cápsulas de promesas y muerte.

—¿Segura? —preguntó la voz de Control, venusiana y seca como el aire de la estación.

—Segura —mintió Dana.

No lo estaba. Nadie lo estaba nunca. Las naves Heechee no permitían copilotos, ni cámaras, ni registros. Te tragaban y te escupían… o no. Un tercio no regresaba. Otro tercio volvía loco, con los ojos quemados por horizontes de eventos o bocas llenas de polvo que hablaba en idiomas extintos.

El resto, los afortunados, volvían con tecnología. Con artefactos. Con la clave del enigma.

Dana cerró los ojos. No había botón de inicio. Solo intención. Solo el deseo de partir. Lo había aprendido después de catorce meses estudiando las muñecas huesudas de los pilotos anteriores, los que no habían tenido la sutileza de pensamiento correcta.

La nave respondió.

El universo se dobló.

Cuando Dana abrió los ojos, no había estrellas. Solo oscuridad absoluta, y en medio de esa oscuridad, una estación. No Heechee. Diferente. Más vieja, si eso era posible. Hecha de hueso y cristal negro, girando alrededor de… nada. Un agujero sin luz ni fondo.

Y en su centro, esperando, algo que se volteó hacia ella.

No tenía rostro, pero Dana supo que sonreía.

—Por fin —dijo la ausencia—. Hacía milenios que alguien venía buscándonos.

Dana intentó gritar, pero la nave no se lo permitió. Las naves Heechee nunca permitían que sus pilotos escaparan antes de tiempo.

La transmisión a Venus nunca llegó. La nave 425-V regresó tres años después, vacía, con sus controles empapados en algo que parecía sudor y olía a esperanza.

En su interior, grabado en la pared verde con un dedo humano y sangre propia, había una sola frase:

No eran los Heechee los que temíamos.


Palabras: ~420

Giro narrativo: Los Heechee no fueron exploradores cobardes, sino guardianes. Huyeron para proteger el universo de algo mayor.

BLADE RUNNER 2049 Official Teaser Trailer (2017) Ryan Gosling, Harrison Ford Sci-Fi Movie HD

Hay cosas que nunca deberían suceder. Ridley Scott ya nos defraudó con su precuela de Alien. Ahora, en una muestra de senectud ya no sabe que hacer para estropear su legado y se atreve con su obra magna.

Han pasado treinta y cuatro años desde Blade Runner y seguramente no es tiempo suficiente. En cualquier caso, esto es lo que hay…

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Deconstrucción selectiva.

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Hoy he reciclado dos bolsas llenas de libros, mayoritariamente best sellers que no significaban nada. Viejos libros de los cuales no guardaba ningún recuerdo, y otros más que se merecían dejar de ocupar espacio en mi librería. Porque, si no vas a releerlos, ¿Qué sentido tiene guardar tanto libro?.

Aun habiendo eliminado unos 30 o 40, la biblioteca continua inundada en varias filas de volúmenes, sin espacio para otros objetos que requieren atención. Ahora mismo, mis libros electrónicos crecen, pero el papel se come mis estanterías como una plaga de otro tiempo y lugar.

Me quedan clásicos e incunables y ciertas áreas que todavía no he explorado como la ciencia ficción y el terror. Acumulo, series y grandes obras, junto con otros autores que no se si merecen mi atención. Me asalta una voluntad, tal vez insana de eliminar todo lo de un autor. Me llama, eliminar Katherine Neville y también todo Vázquez Figueroa, aunque disfrute Manaos, ya he eliminado Tuareg. Su absurdo final, se lo merecía.

¿Y que me decís de Ken Follet y la nefasta continuación de los Pilares de la Tierra, Un mundo sin fin? ¿Alguien pudo soportar tamaño tostón? Son libros de tapa dura, que me costaron un dinero, que serán probablemente defenestrado sin remisión en la próxima ocasión. Tal vez elimine todo Tom Clancy y todo Clive Cussler. Y también, todo Michael Crichton.

Mientras tanto, atesoro a Boris Vian, Thompson, Kurt Vonegut, Bukowsky, Philip Roth y otros muchos que me merecen un respeto y veneración. El mundo no seria lo mismo sin ellos. Por supuesto, probablemente podríamos expurgar bastante de Anne Rice y quedarnos con lo esencial. También guardar los clásicos de la ciencia ficción, pero todos ellos están digitalizados ya…

Literatura que ya no recordare en poco tiempo, cuando la senectud me aparque en cualquier negra cuneta.

Star Wars. El despertar de la fuerza. La critica.

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No se podía esperar que J.J. Abrams realizara un reboot tan magistral como el que hizo con Star Treck en el 2009. Y ciertamente no lo ha conseguido. Si asististeis al estreno del episodio IV en el 77, querra decir que ya teneis unos añitos y que, ciertamente, esperabais mas. No una bonita re edición de la misma película, con un Han Solo muy mayor y una Leia con demasiado flow.

Siento decir esto, porque siempre fui un fan acérrimo, pero no entiendo porque han debido de casi copiar los argumentos de la primera trilogía. Ya se que todo el mundo echa pestes de los primeros episodios I, II y III, pero sin duda se merecían un poco mas de crédito. En ellos siempre encontramos una nueva trama, un giro inesperado, o una visión de la mejor Space Opera. Ahora hacemos una repetición de la  película que estrenó la saga. Me sonrojo.

En este episodio VII parece que se les acabaron las ideas y debían repetir lo que sabían que todos los fans adorarían. Una vuelta a los orígenes de la primera película de Star Wars. Pero es que no se trataba de hacer homenajes. Se trataba de ir más allá. Todos queríamos mucho más. Y alguien no ha estado a la altura requerida. Por favor, busquen al responsable y devuélvanle a la mesa de despacho que no debió abandonar jamás.

Bueno. Esto no da para mucho. Es una gran película de Star Wars, pero repetida. Debéis verla !!.

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Una fria noche de muerte.

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Una vieja película que vi hace muchísimos años ya y que sucedía en una lúgubre Estación Polar donde se experimentaba con monos y donde los personajes pugnaban por sobrevivir mientras una desconocida amenaza los iba atrapando uno a uno. La Cosa y otras películas bebieron de las fuentes de este clásico.

Durante mucho tiempo he buscado el titulo en internet infructuosamente. Si buscáis, aparece la «Estación Polar Cebra» de siempre. Pero hace poco apareció este link que nos lleva directos al titulo. Luego, con una búsqueda mas razonable encontramos la película en si. Muy recomendable.

Una Fria Noche De Muerte Por Eltamba - vhs

 

Interstellar. Cinco motivos para recomendarla a todo dios !!

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Llevo como quince días recomendando a todo el mundo esta película. Supongo que ya no es de extrañar, que vosotros también debáis sufrir esta tortura. Es hora de ir a ver esta película por varias razones. Aquí teneis unas cuentas. Usadlas a discreción.

Soberbia.

Porque es una magnifica película que nos retrotrae al cine que se hacia en los 50’s. Donde había un tempo diferente. Al menos, los principios de la película, nos sumergen en un cine de formato clásico. Un cine que del que ya casi no disfrutamos últimamente, atrapados por la inmediatez de unos efectos especiales que quieren epatar pero que no pueden sustituir una gran historia. Pero esta película no es eso. Habla de relaciones humanas. Trasciende los limites del formato de ciencia ficción esperable. Debo volver a verla.

El planeta se nos va de las manos.

En la película aparece muy bien reflejado el efecto Dust Bowl que sucedió en los años de la depresión Americana allá por los años 30 del siglo pasado en las grandes llanuras de EEUU, azotadas por gigantes tormentas de polvo que arrasaban un suelo, consecuencia como no podía ser de otra manera, de la sobreexplotacion y de los errores que esta humanidad voraz deja a su paso. En nuestra era, estamos jugando con fuego y el calentamiento global llama a nuestra puerta. No tenemos backup para la ecología de un mundo al que este virus humano le trae sin cuidado.

La carrera espacial esta en mantillas.

Estamos totalmente a merced de lo que ocurra en esta barca que surca los océanos del espacio sin ningún rumbo prefijado. No sabemos hasta cuando ni hasta donde nos llevara este viaje que ya dura unos cuantos millones de años. Sea durante nuestra vida o no, estamos abocados a sucumbir victimas de cualquier cataclismo cósmico que afecte a nuestro planeta, a nuestro sol o a nuestra galaxia. Seria largo de enumerar los peligros que podrían acabar con nosotros. Pero los dinosaurios, aquellos dominadores de hace 65 millones de años, nos contemplan desde el Hall of the Fame de las especies que han cruzado el umbral de la total extinción. ¿seremos nosotros los próximos?

La estupidez humana.

Vivimos años oscuros, dominados por el miedo y la falta de liderazgo. Vivimos en un vergel que no sabemos manejar ni respetar. Nuestra vida es un futil parpadeo sin sentido porque no somos capaces, como especie, de articular caminos que nos saquen de una sociedad arcaica donde el reparto justo de los bienes esta en manos de clases o castas de dirigentes que no saben o no quieren mirar mas allá de sus propios intereses. Debemos superar esta etapa y asociarnos de formas diferentes para conseguir salir de esta rueda de hámster humana que nos hemos montado. Miles de millones de vidas trabajando para producir unos bienes perecederos que son fagocitados y consumidos. Vidas desaprovechadas en luchas fratricidas o en esfuerzos ímprobos para conseguir lo mas básico. Somos tan estúpidos como siempre hemos sido. En la película también, veréis la estupidez de nuestra sociedad actual, reflejada.

Hacia donde vamos.

Debemos diversificar nuestros esfuerzos. Como especie, debemos saber a donde vamos. Estamos aquí, no para luchar por sobrevivir, sino para tener un futuro mejor. Para que nuestros hijos tengan un porvenir en donde puedan explorar sus limites como personas y donde las oportunidades de vida sean una constante perfectamente establecida para todos. Nuestro horizonte esta en la conquista espacial y en encontrar nuevos planetas que puedan albergarnos como especie. Estamos a muchos años de conseguirlo y mas lo estaremos sino cambiamos nuestra mentalidad cortoplacista y no dejamos de desperdiciar inmenso recursos en guerras de todo tipo, convencionales o económicas. La posibilidad de cambiar este panorama está en nuestras manos consiguiendo cambiar el status quo. La fuerza y los recursos que se acumulan en este planeta son ingentes y puestos al servicio de un objetivo común mas allá de las estrellas, podría ser lo que marcara la diferencia en innovación tecnológica y el motor que cambiara nuestra sociedad desde los cimientos. Esta película nos muestra esa esperanza como algo tangible que debería abrir nuestras mentes y nuestro imaginario colectivo a un sueño de libertad factible, donde la humanidad se reencuentra con su destino en la exploración espacial. Nuestra última frontera. Por eso debéis verla.

Interstellar. La critica.

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No es Matrix pero tiene un punto. No es 2001 una odisea en el espacio, pero comparten planteamiento y formas de ver un destino que nos aguarda en las estrellas. Pero sin duda, Interestellar es una gran película que debéis ir a ver urgentemente si quereis poder hablar como Sheldon Cooper, sobre Relatividad General, Multiversos y causalidad en cualquier tertulia que se precie.

La película suscita varios interrogantes y es interesante comprobar como se reinterpreta de forma diferente según el espectador. De nuestro director favorito de Batman, responsable de la mejor trilogía del murciélago que se recuerda, Christofer Nolan nos lleva a un viaje por el espacio y por las relaciones humanas digno del mejor cine con mayúsculas.

Ahora no hay superhéroes, aunque tal vez, nuestro protagonista comparte las características que todos esperamos encontrar en uno. Sus convicciones, son el entramado que sostiene una aventura iniciática que recorre los infiernos de los viajes espaciales y en la que el futuro de la humanidad esta comprometido.

Repito: NO OS LA PERDAIS.

A partir de aquí, spoilers por doquier: Sigue leyendo