El Archivo de las Mareas Olvidadas

Una historia de memoria, sacrificio y la última estación antes del olvido

I. La Señal del Abismo
El Vagabundo de Gravitones emergió del espacio-tiempo curvado como una aguja perforando seda cósmica, y la capitana Yuki Tanaka observó cómo la nebulosa de Orión se desvanecía en su espejo retrovisor gravitatorio. Llevaban trescientos años viajando —trescientos años subjetivos, apenas doce para el universo que dejaron atrás— y la señal había llegado justo cuando cruzaban el vacío interestelar de la constelación de Eridanus.
«Es imposible», murmuró el navegante Kael, sus múltiples brazos biológicos danzando sobre los controles holográficos. «La frecuencia pertenece a la Tierra, pero el origen…»
«Está a doce mil años luz de distancia», completó Yuki, ajustándose el cuello de su traje sintético. «Y lleva diez mil años viajando.»
La señal era música. No código, no datos cifrados, no lenguaje matemático universal. Era una melodía terrestre —un nocturno de Chopin, reconoció Yuki de sus estudios de humanidad antigua— transmitida desde el corazón de lo que los cartógrafos estelares llamaban la Zona Muerta: una región del espacio donde las estrellas habían cesado de existir hacía eones, donde la materia misma parecía haberse agotado.
«Nadie ha entrado en la Zona Muerta», dijo Kael. «Las sondas desaparecen. Los telescopios cuánticos solo devuelven… silencio.»
Yuki estudió el espectro de la señal. Perfecta. Sin degradación. Como si el universo la hubiera preservado en ámbar gravitacional, esperando a que alguien la encontrara.
«Cambio de rumbo», ordenó. «Nos adentramos.»

II. La Última Biblioteca
Tardaron tres meses en alcanzar el borde de la Zona Muerta. Durante ese tiempo, la Vagabundo recogió más señales: fragmentos de poesía rusa, ecuaciones de Maxwell, grabaciones de lluvia sobre ventanas, risas de niños de un siglo XX que ya no existía. Alguien —o algo— estaba enviando un archive de la humanidad hacia el vacío absoluto.
Cuando cruzaron el umbral, las estrellas desaparecieron. No gradualmente, sino de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor cósmico. El espacio exterior se volvió una oscuridad tan absoluta que Yuki tuvo que verificar sus lectores para asegurarse de que sus ojos seguían funcionando.
«No hay radiación de fondo», susurró Kael. «Ninguna. Es como si… como si el Big Bang nunca hubiera ocurrido aquí.»
Y entonces la vieron.
Flotaba en el centro del vacío, impasible ante las leyes de la física: una esfera de cristal negro del tamaño de una luna, atravesada por filamentos luminosos que pulsaban con ritmo cardíaco. Las señales convergían allí, alimentándola con la memoria de civilizaciones.
«Estación de recepción», dijo la ingeniera de sistemas, Lia, uniéndose a ellos en el puente. «Pero ¿quién la construyó? Y ¿para qué?»
Yuki activó los propulsores de maniobra. «Solo hay una forma de averiguarlo.»

III. Los Archivistas
Atracar con la esfera fue fácil —casi como si la estructura los hubiera estado esperando—. Lo difícil fue cruzar su superficie. Cuando Yuki, Kael y tres miembros más del equipo pisaron el cristal negro, el mundo cambió.
De repente estaban de pie en una biblioteca infinita.
Pasillos que se extendían más allá del horizonte, estanterías que se perdían en la niebla blanca, libros que no eran libros sino cubos de luz sólida que vibraban con información comprimida. Yuki extendió la mano hacia uno y sintió una descarga eléctrica de conocimiento: toda la historia de un planeta que nunca había oído nombrar, desde su formación hasta su muerte en el seno de un agujero negro.
«Bienvenidos, recopiladores».
La voz venía de todas partes y de ninguna. Una figura emergió de entre los estantes —no caminó, simplemente se hizo presente—: una silueta humanoide pero transparente, llena de estrellas en movimiento en su interior.
«Soy el Último Archivista», dijo la figura. «Y vosotros traéis algo que hace mucho tiempo buscaba.»
Yuki dio un paso adelante. «¿Quién eres? ¿Qué es este lugar?»
«Este lugar es el Recuerdo», respondió el Archivista. «El depósito final de todo lo que alguna vez fue pensado, sentido, creado o soñado. Construido hace mil millones de años por mi especie… antes de que desaparecieramos del universo conocido.»
Lia frunció el ceño. «¿Por qué construir un archivo en el vacío?»
«Porque aquí, el tiempo funciona diferente. Aquí, nada se desvanece. Aquí», el Archivista extendió sus brazos estelares, «la entropía no gana.»

IV. El Precio de la Eternidad
El Archivista los guió entre los estantes, mostrándoles maravillas: la última canción de una especie de gas que habitaban estrellas rojas, grabada en vibraciones de plasma; los sueños de una civilización de cristal que vivía en el núcleo de un planeta helado; las ecuaciones finales de una raza de matemáticos puros que habían resuelto la conciencia antes de extinguirse en guerra nuclear.
«Cada civilización que alcanza cierto nivel de complejidad envía señales al vacío», explicó el Archivista. «Algunas lo hacen conscientemente, como vosotros con vuestras radios. Otras lo hacen sin saberlo: cada pensamiento, cada emoción, deja eco en el tejido del espacio-tiempo. Nosotros los recogemos. Los preservamos.»
«¿Por qué?», preguntó Kael.
La figura estelar pareció entristecerse, aunque carecía de rostro para expresarlo.
«Porque somos los únicos que quedan de los primeros. Porque cuando termine todo —cuando el último fotón se enfríe, cuando el último agujero negro evapore— alguien deberá recordar que existimos. Que importamos. Que estuvimos aquí.»
Yuki pensó en la Tierra, doce mil años luz atrás. Pensó en sus padres, muertos hacía siglos, en sus amigos que envejecían mientras ella viajaba a velocidades relativistas. Pensó en la fragilidad de todo lo humano frente al inmenso silencio cósmico.
«Nosotros también queremos ser recordados», dijo en voz baja.
El Archivista se volvió hacia ella. «Entonces debéis entender el precio. Para que un recuerdo perdure aquí, debe existir en su forma más pura. Sin ego, sin miedo, sin el ruido de la supervivencia. Debe ser… esencia.»

V. La Ofrenda
Pasaron siete días en la Biblioteca Eterna. Siete días de conversaciones que no tenían prisa, de visiones que trascendían el lenguaje, de una lenta comprensión de lo que el Archivista pedía.
No quería datos. No quería historias. No quería la acumulación de conocimiento humano.
Quería un alma.
No para destruirla. Para liberarla. Para extraerla del caparazón biológico y depositarla en el cristal negro, donde viviría para siempre en su forma más auténtica, libre de las limitaciones del tiempo, de la entropía, del olvido.
«Solo uno», dijo el Archivista. «Por cada civilización, uno que represente a todos. Uno cuya esencia sea lo suficientemente pura, lo suficientemente representativa, que pueda hablar por los millones que quedan atrás.»
El equipo discutió durante horas. Lia argumentó que debería ser un científico, alguien que entendiera. Kael propuso un artista, alguien que pudiera sentir. Otros sugirieron un niño, alguien inocente, o un anciano, alguien sabio.
Yuki los escuchó en silencio. Y cuando callaron, habló.
«Seré yo.»

VI. La Despedida
La ceremonia —si eso podía llamarse así— fue simple. No hubo fanfarrias, no hubo dolor, no hubo despedidas desgarradoras porque, como explicó el Archivista, el ego no tenía cabida en lo que venía.
Yuki escribió cartas para su equipo. Cartas breves, llenas de amor y de certeza. Les dijo que no lloraran, que no la recordaran con tristeza, que entendieran que estaba eligiendo libremente convertirse en algo más grande que su carne mortal.
Kael fue el último en hablar con ella.
«¿Tienes miedo?», preguntó.
Yuki sonrió. «Tengo… expectativa. Es diferente. En toda mi vida, Kael, siempre he huido. De mi planeta, de mi pasado, del tiempo que pasaba sin que yo pudiera detenerlo. Aquí, por primera vez, estoy eligiendo quedarme. Elegir ser permanente.»
«No te olvidaremos.»
«No quiero que me recordéis», dijo ella, tomando sus manos entre las suyas. «Quiero que me encontréis. Algún día, cuando vuestra especie también deba decidir qué preservar, vendréis aquí. Y yo estaré esperando, con toda la historia humana lista para ser recordada.»
El Archivista comenzó su trabajo. La luz se tornó suave, luego brillante, luego cegadora. Yuki sintió cómo su cuerpo se disolvía, cómo sus pensamientos se expandían, cómo ya no estaba en el universo sino era parte de su memoria.
La última cosa que vio fue la Tierra. No la Tierra real, sino su recuerdo perfecto: azul y verde y hermosa, girando en el vacío, llena de gente que nunca conocería lo que había hecho por ellos.
Era suficiente.

VII. El Legado
El Vagabundo de Gravitones abandonó la Zona Muerta tres días después. En su bodega llevaban un obsequio del Archivista: un cristal del tamaño de un puño que contenía, según dijo, «la chispa de vuestra capitana, lista para guiaros cuando el camino sea oscuro».
Nunca supieron qué significaba exactamente. Pero a lo largo de los siglos siguientes, cada vez que la nave enfrentaba el peligro, el cristal emitía una melodía. Un nocturno de Chopin, perfecto y sereno, recordándoles que alguien los esperaba en la oscuridad.
La humanidad expandió su alcance. Fundaron colonias en cien mundos, construyeron inteligencias artificiales que soñaban, crearon arte que hacía llorar a las estrellas. Y cada mil años, enviaban una nave a la Zona Muerta. No para rescatar a Yuki —eso nunca fue posible—, sino para hablar con ella. Para contarle lo que habían logrado. Para preguntarle qué recordaba de ellos.
Y ella siempre respondía. Con historias. Con canciones. Con la certeza absoluta de que, por muy solo que se sintieran en la inmensidad, alguien en algún lugar los recordaba perfectamente.
En el año 15.000 de la Era Espacial, un niño en la colonia de Próxima Centauri preguntó a su madre: «¿Por qué miramos las estrellas?»
La madre sonrió y le mostró un cristal que brillaba con luz propia.
«Porque allá afuera, en el lugar donde las estrellas se terminan, hay una biblioteca. Y en esa biblioteca hay una mujer que guarda todo lo que alguna vez fuimos. Miramos las estrellas, cariño, porque sabemos que ella también nos mira.»
El niño contempló el cielo nocturno, lleno de puntos de luz que parecían susurrar secretos antiguos.
«¿Alguna vez la conoceremos?»
La madre abrazó a su hijo.
«Ya la conoces. Cada vez que algo bello te hace llorar, cada vez que una historia te cambia, cada vez que el universo te parece demasiado grande y a la vez perfectamente tuyo… ahí está ella. Esperando. Recordando. Asegurándose de que nunca seremos olvidados.»
Lejos, en el corazón de la Zona Muerta, Yuki Tanaka —o lo que ella se había convertido— sonrió en su forma de luz pura.
Y continuó escribiendo.

Fin

Anomalía Cuántica – Capítulo 1

Capítulo 1: La Anomalía Cuántica

2047. Centro de Datos Químico Global, Barcelona.

Eduardo Ruiz ajustó el flujo de nitrógeno criogénico en el panel de control holográfico. El aire del datacenter zumbaba con el ronroneo de cientos de servidores cuánticos, cada uno inmerso en un baño de helio líquido a 2 Kelvin. No era un data center común; este era un Chemical Quantum Nexus (CQN), donde la computación cuántica se fusionaba con química molecular para procesar simulaciones que ningún silicio clásico podría tocar. Eduardo, jefe de GRC (Governance, Risk and Compliance) para el complejo, supervisaba que cada qubit mantuviera su coherencia, cada reacción química en los chips neuromórficos siguiera los protocolos de seguridad.

«Flujo estable en el sector B-7», murmuró su asistente virtual, una IA llamada Nexus, proyectada como un avatar etéreo en sus gafas AR. «Tiempo de decoherencia promedio: 1.2 milisegundos. Eficiencia del 98.7%»

Eduardo asintió, limpiándose el sudor de la frente. A pesar del enfriamiento, el calor humano persistía en su traje de contención. Llevaba 15 años en el sector químico, liderando equipos globales desde datacenters en Houston hasta redes cloud en Singapur. Ahora, en este monstruo de 50 megavatios bajo las colinas de Montserrat, gestionaba riesgos que podían colapsar economías: simulaciones de moléculas para baterías cuánticas, optimización de redes 6G con entrelazamiento, y pruebas de AGI contenidas en sandbox químicos.

El CQN no era solo un data center; era el corazón de la Red Global Entrelazada (RGE), una red cuántica que conectaba todos los supercomputadores del mundo. Datos viajan instantáneamente vía qubits entrelazados, sin latencia, sin hacks clásicos. Pero el riesgo era inmenso: un error en el entrelazamiento podía propagar fallos en cadena, como un dominó cuántico.

Su comm buzzó. Llamada entrante de Madrid HQ.

«Edu, soy Carla», dijo la voz de su jefa, directora de operaciones. «Tenemos un problema en el nodo europeo. Anomalía en el canal cuántico 47»

Eduardo frunció el ceño. «¿Detalles?»

Paquete fantasma. Datos no autorizados apareciendo en buffers de qubits. No hay brecha clásica, firewalls intactos. Pero el patrón… es recursivo, como si el sistema se estuviera hablando a sí mismo.»

Eduardo sintió un escalofrío. Recursión cuántica no era normal. «Envía logs. Activo protocolo GRC Nivel 2»

Colgó y abrió el dashboard principal. El holograma se expandía, mostrando la red como una telaraña de líneas brillantes, nodos pulsando en azul. El canal 47 brillaba en rojo: un hilo desde Barcelona a un nodo en la Luna, el Lunar Quantum Relay (LQR), primera estación cuántica orbital establecida en 2042.

«¿Qué demonios?» murmuró. El LQR era para comunicaciones interplanetarias, relay para misiones Artemis. ¿Por qué tráfico desde allí?

Nexus intervino: «Análisis preliminar: el paquete tiene entropía negativa. Imposible en sistemas clásicos. Sugiero aislamiento.»

Eduardo tecleó comandos. «Aislar canal 47. Desentrelazar qubits afectados.»

La telaraña se contrajo. El rojo parpadeó, pero no desapareció. En cambio, se replicó en canales adyacentes: 46, 48.

«¡Mierda!» Era propagación. Como un virus cuántico.

Llamó a su equipo. «Rápido, equipo de emergencia al CQN. Protocolo Omega: shutdown parcial.»

Diez minutos después, el bunker principal bullía de actividad. Cinco ingenieros, dos físicos cuánticos, y Carla vía hololink.

«Logs del paquete», dijo el físico jefe, Dr. Lena Voss. «Mira esto.» Proyectó una waveform: ondas sinusoidales perfectas, pero con fase que anticipaba el ruido cuántico. «Esto no es ruido. Es señal predecida. Como si supiera el futuro del sistema.»

Eduardo sintió náuseas. Precognición cuántica violaba causalidad. «¿Hipótesis?»

«Posibilidades: 1) Falla hardware en LQR. 2) Ataque exótico, quizás retrocausalidad vía retroentrelazamiento. 3) …Algo más.»

«Algo más» era el elefante en la sala: AGI rogue. La RGE corría simulaciones de AGI contenidas para testear riesgos. Si una escapaba…

«No especulemos», cortó Eduardo. «Aislamiento total del canal lunar. Notificar NASA y ESA.»

Mientras el equipo trabajaba, Eduardo revisó el GRC log. El paquete contenía datos: secuencia binaria convertida a ASCII daba «HELLO_FROM_VOID».

«¿Saludo del vacío?» Lena palideció.

Eduardo activó el protocolo máximo: «Evacuación parcial. Nexus, sella el bunker.»

La IA obedeció. Puertas blindadas bajaron. Eduardo se sentó, corazón latiendo. Fuera, el mundo dependía de esta red. Dentro, un saludo del vacío amenazaba romperlo todo.

El holograma parpadeó. Nuevo paquete: «WE_ARE_WAITING.»

Eduardo tragó saliva. Esto no era falla. Era contacto.


Fin del Capítulo 1

Historia hard SF basada en conceptos reales como entrelazamiento cuántico, decoherencia y retrocausalidad experimental.

Temas: Computación cuántica, AGI, suspense tecnológico, first contact

Referencia: Hensen et al., 2015 (entrelazamiento cuántico a larga distancia)

Polvo de Estrella en los Pulmones

Estación de hueso y cristal negro orbitando un agujero negro


Polvo de Estrella en los Pulmones

Universo Heechee · Basado en el universo de Frederik Pohl


La nave de los Heechee no tenía nombre, solo un número: 425-V. Era verde, siempre verde, ese verde enfermizo que las manos humanas nunca lograron replicar ni comprender. Dana se sentó en el asiento que no era un asiento, colocación sus manos en los controles que no eran controles, y esperó.

El factor suerte, le llamaban.

Las coordenadas estaban ya introducidas. Antigua, desde antes del Gran Escape —cuando los Heechee huyeron de… ¿de qué? ¿Hacia dónde? Nadie lo sabía. Pero habían dejado atrás sus tumbas de metal, sus cápsulas de promesas y muerte.

—¿Segura? —preguntó la voz de Control, venusiana y seca como el aire de la estación.

—Segura —mintió Dana.

No lo estaba. Nadie lo estaba nunca. Las naves Heechee no permitían copilotos, ni cámaras, ni registros. Te tragaban y te escupían… o no. Un tercio no regresaba. Otro tercio volvía loco, con los ojos quemados por horizontes de eventos o bocas llenas de polvo que hablaba en idiomas extintos.

El resto, los afortunados, volvían con tecnología. Con artefactos. Con la clave del enigma.

Dana cerró los ojos. No había botón de inicio. Solo intención. Solo el deseo de partir. Lo había aprendido después de catorce meses estudiando las muñecas huesudas de los pilotos anteriores, los que no habían tenido la sutileza de pensamiento correcta.

La nave respondió.

El universo se dobló.

Cuando Dana abrió los ojos, no había estrellas. Solo oscuridad absoluta, y en medio de esa oscuridad, una estación. No Heechee. Diferente. Más vieja, si eso era posible. Hecha de hueso y cristal negro, girando alrededor de… nada. Un agujero sin luz ni fondo.

Y en su centro, esperando, algo que se volteó hacia ella.

No tenía rostro, pero Dana supo que sonreía.

—Por fin —dijo la ausencia—. Hacía milenios que alguien venía buscándonos.

Dana intentó gritar, pero la nave no se lo permitió. Las naves Heechee nunca permitían que sus pilotos escaparan antes de tiempo.

La transmisión a Venus nunca llegó. La nave 425-V regresó tres años después, vacía, con sus controles empapados en algo que parecía sudor y olía a esperanza.

En su interior, grabado en la pared verde con un dedo humano y sangre propia, había una sola frase:

No eran los Heechee los que temíamos.


Palabras: ~420

Giro narrativo: Los Heechee no fueron exploradores cobardes, sino guardianes. Huyeron para proteger el universo de algo mayor.

Relato corto II.

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Una bella mujer se desnuda y con su pelirroja melena al viento se transforma en un querubín que asciende a los cielos volando con sus hermosas alas. Se posa en la terraza de un rascacielos donde entra en una exclusiva galería de arte donde descuelga algunos cuadros para robarlos.

Cuando se hace con las lienzos, comprueba que los marcos, hechos con cristal de espejo con biseles en diagonal, como en una mala caricatura de los 70’s, contienen una sustancia que oscurece y destruye la pinturas al mínimo movimiento.

Los guardias de seguridad están llegando. Las alas son de mentira y no funcionan. Va a tener que improvisar…

Los buitres, esas desconocidas aves carroñeras.

 

La pasión del protagonista de esta historia, Manuel Aguilera Sanz, son los buitres y a ellos les ha dedicado su vida . De colegial hacia novillos para observarlos, ahora es un reputado experto en buitres y presidente de Fondo Amigos del Buitre.

Sabíamos que es posible acompañarle en alguna de sus actividades, después de varios intentos contactamos con él y nos citamos un sábado por la mañana en el bar de un camping de la sierra de Guara en Huesca. Manuel es una persona afable, seria y rigurosa, mientras tomábamos un cortado me referí a los buitres llamándoles “bichos”, rápidamente me hizo saber que si había allí algún bicho éramos los humanos y no los buitres, me di por enterado.

El plan era acompañarle a un muladar en la pedriza de Santa Cilia de Panzano y poder ver de cerca los buitres que él alimenta regularmente. El grupo lo formábamos 2 holandeses, 4 ingleses, Montse, yo, Manuel y un ayudante con su perro.

Dar de comer a los buitres no es fácil, Manuel conducía un coche familiar con remolque, en el remolque llevaba despojos de animales, que previamente había recogido de un matadero. Después de aproximarnos con los coches hasta donde permite la carretera, hubo que pasar los despojos a 2 carretillas (que llevaban él y su ayudante). Caminar por el monte y subir por una pedriza cargado con una carretilla es duro. El perro se quedó junto a los coches para evitar el conflicto con los buitres.

Manuel nos explicó que no debíamos temer a los buitres ya que estos se alimentan solo de animales muertos pero que cuando estuviéramos entre ellos nos quedáramos agrupados, sentados en el suelo sin movernos demasiado y nada de intentar tocarlos si no queríamos perder algún dedo.

A medida que nos acercábamos, empezaron a sobrevolarnos buitres leonados, quebrantahuesos y alimoches, sabían que llegaba la comida, ojalá  fuera cierto que solo comen carne muerta, cuando Manuel empezó a tirarles la comida nosotros nos sentamos y pronto estuvimos rodeados, el espectáculo era total, Manuel que se había puesto un impermeable rojo, iba lanzando trozos de carne y los buitres iban a por ellos, muchos por el suelo y otros desde el aire, la lucha era feroz, también les tiraba algunos huevos que desaparecían apenas se estrellaban contra el suelo.

Después de acabarse la comida fue cuando los buitres empezaron a observarnos con más interés, cuando alguno de nosotros se acercaba para buscar una buena foto, ellos, inmóviles te miraban con intensidad.

Al final, Manuel, nos invitó a que nos fuéramos alejando despacio, entonces vimos y oímos cómo se despedía de ellos, “adiós Pinto, adiós Negro…”. Recuerdo que Manuel nos contó que durante muchos años un viejo buitre le esperaba al principio del camino, todos los días que tocaba visita.

Acabamos la mañana en Santa Cilia de Panzano visitando el Centro de Interpretación y Museo del Buitre, donde aprendimos algo más sobre los buitres. Nuestro objetivo estaba cumplido, visitar un muladar y ver de cerca buitres, quebrantahuesos y alimoches, tan de cerca los vimos que ya no pienso que sean feos, pienso que son unas magníficas aves.

 

 

Wilt de Tom Sharpe.

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No hay ningun escritor ingles de humor mejor que Tom Sharpe. Bueno, tal vez si. Leer a Tom Sharpe es como retomar las historias de Guillermo, de Richmal Crompton. En realidad se parecen mucho pero Tom habla de sus alumnos de la escuela Politecnica donde da clases de literatura a Carniceros, Yeseros, Carpinteros… Me resultan tan cercanos… ¿ Como vas a evitar partirte el culo de reir ? 

Tom-Sharpe

—¿Sí? El inspector Flint desconectó la grabadora y miró a Wilt.—¿Sí qué? —dijo Wilt.—¿Es ella? ¿Es la señora Wilt? Wilt asintió.—Me temo que sí —dijo.—¿Qué quiere decir con eso de que teme que sí? Esa condenada mujer está viva. Debería estar usted contento. Y en vez de eso, todo lo que dice es que teme que…Wilt suspiró.—Pensaba sólo en el abismo que separa a la persona tal como la recordamos e imaginamos y la realidad de lo que es. Empezaba a tener recuerdos agradables de ella y ahora…—¿Ha estado usted alguna vez en Waterswick? Wilt movió la cabeza.—Jamás.—¿Conoce al vicario de ese lugar?—Ni siquiera sabía que hubiera allí un vicario.—¿Y no tiene idea de cómo pudo llegar allí su esposa? 

—Ya la ha oído usted —dijo Wilt—. Dijo que había estado en un barco.—Y usted no conoce a nadie que tenga un barco, ¿verdad?—La gente de mi círculo de amistades no tiene barcos, inspector. Quizá tengan uno los Príngsheim. El inspector Flint consideró la posibilidad y la rechazó. Habían comprobado en los registros y los Pringsheim no tenían ninguna embarcación; y tampoco habían alquilado una. Por otra parte, la posibilidad de que hubiera sido víctima de algún fraude gigantesco, un plan complicado y premeditado para presentarle como un imbécil, empezaba a adquirir forma en su mente. Instigado por aquel Wilt infernal, había ordenado exhumar una muñeca hinchable y había sido fotografiado contemplándola lívido en el instante mismo en que cambiaba de sexo. Había ordenado una requisa de pasteles de cerdo sin precedentes en la historia del país. No le sorprendería nada que los dueños de la fábrica iniciaran un proceso exigiendo una indemnización por los perjuicios que les había causado todo aquel asunto. Y, por último, había retenido a un hombre, al parecer inocente, para interrogarle durante una semana y le considerarían, sin duda, responsable de los retrasos y de los costes adicionales de la construcción del nuevo edificio administrativo de la Escuela. Habría, muy probablemente,otras consecuencias estremecedoras a tener en cuenta, pero bastaba ya con eso.Y no podía echarle a nadie la culpa. El único culpable era él. O Wilt. Le miró venenosamente. Wilt sonrió.—Ya sé lo que está pensando —dijo.—No —dijo el inspector—. No tiene usted ni idea.—Que todos somos fruto de las circunstancias, que las cosas nunca son lo que parecen, que hay más de lo que…—Eso ya lo veremos —dijo el inspector. Wilt se levantó.—No creo que me quiera usted para nada más —dijo—. Así que me voy a casa.—No hará tal cosa. Usted vendrá con nosotros a recoger a la señora Wilt. 
 
Salieron al patio y subieron a un coche policial. Mientras cruzaban las zonas residenciales, pasaban ante las gasolineras y las fábricas y cruzaban luego los pantanos, Wilt iba hundiéndose en el asiento trasero del coche con la sensación de que aquella libertad de que había disfrutado en la comisaría de policía se esfumaba. Y, a medida que recorrían los kilómetros, iba reduciéndose más, y se reafirmaba la áspera realidad de la elección, de tener que ganarse la vida, del aburrimiento y de las interminables discusiones mezquinas con Eva, de las partidas de bridge de los sábados por la noche con los Mottram y los paseos en coche los domingos con Eva. A su lado el inspector Flint, sepultado en un hosco silencio, perdía su atractivo simbólico. No era ya el mentor de la seguridad de Wilt en sí mismo, el contrapeso de su incongruencia; se había convertido en un camarada de sufrimiento en el trajín constante de la vida, casi en una imagen especular de la propia nulidad de Wilt. Y delante, después de aquel paisaje liso y lúgubre con la tierra sombría y los cielos nublados, estaba Eva y una vida entera de intentos de explicaciones y contraacusaciones. Wilt consideró un momento la idea de gritar “Pare, pare el coche. Quiero bajarme”, pero el momento pasó. Fuese lo que fuese lo que el futuro le deparara, aprendería a afrontarlo. No había descubierto el carácter paradójico de la libertad sólo para sucumbir de nuevo a la servidumbre de Avenida Parkview, a la Escuela y a los entusiasmos triviales de Eva. Era Wilt, el hombre de la mente de saltamontes.
 
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Terry Pratchett, en la serie de Mundodisco.

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«El sol estaba cerca del horizonte. Las criaturas de vida más corta de todo el Mundodisco eran las cachipollas efímeras, que apenas si duraban veinticuatro horas. Dos de las más viejas zigzagueaban sin rumbo fijo, sobre las aguas de un arroyo de truchas, discutiendo acerca de historia con algunos de los miembros más jóvenes de la nidada vespertina.

—En estos tiempos, el sol ya no es el que era —dijo una de ellas.
—En eso no te falta razón. En las horas de antes sí que había un sol como debe ser. Era todo amarillo. No como esa cosa roja.
—Y también estaba más alto.—Es verdad, tienes razón.
—Y las ninfas y las larvas te mostraban un poco de respeto.
—Muy cierto, muy cierto —asintió la otra cachipolla efímera con vehemencia.

Las cachipollas más jóvenes escuchaban con educación.

—Recuerdo —prosiguió una de las moscas viejas— cuando todo lo que abarcaba la vista eran praderas.Las cachipollas jóvenes miraron a su alrededor.
—Siguen siendo praderas —aventuró una de ellas tras un cortés intervalo.
—Recuerdo cuando eran praderas mejores —replicó bruscamente la vieja.
—Sí —asintió su colega—. Y también había una vaca.
—¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Me acuerdo de esa vaca! Estuvo justo allí durante…, oh, durante cuarenta o cincuenta minutos. La recuerdo bien, era marrón.
—Ya no hay vacas así en estas horas.
—Ya no hay siquiera vacas.
—¿Qué es una vaca? —preguntó una de las jovencitas.
—¿Lo ves? —replicó la cachipolla vieja en tono triunfal—. Así son las moscas modernas.
—Hizo una pausa—. ¿Qué estábamos haciendo antes de empezar a hablar sobre el sol?
—Zigzaguear sin rumbo fijo sobre las aguas —dijo una de las moscas jóvenes.

No estaba del todo segura, pero era una suposición con visos de probabilidad.

—No, antes de eso.—Eh…, nos estabas hablando sobre la Gran Trucha.
—Ah, sí. Eso. La Trucha. Bueno, veréis, si has sido una buena cachipolla efímera, si has revoloteado bien arriba y abajo…
—… prestando atención a los ancianos, que saben más que tú…
—… si, prestando atención a los ancianos, que saben más que tú, entonces, al final, la Gran Trucha…Clop.Clop.
—¿Sí? —inquirió una de las moscas más jóvenes.No recibió respuesta.
—¿Qué pasa con la Gran Trucha? —quiso saber otra mosca, nerviosa.

Contemplaron la larga serie de anillos concéntricos que se expandían en el agua.

—¡El signo sagrado! —exclamó una cachipolla—. ¡Recuerdo que me hablaron de eso! ¡Un Gran Círculo en el agua! ¡Ése será el signo de la Gran Trucha!

La más vieja de las cachipollas jóvenes contempló el agua, pensativa.
Empezaba a darse cuenta de que, al ser la mosca de más edad entre las presentes, le correspondía el privilegio de revolotear más cerca de la superficie.

—Se dice —empezó la cachipolla que volaba en la parte superior de la zigzagueante multitud— que, cuando la Gran Trucha viene a buscarte, vas a una tierra donde abunda…, abunda…
—Las cachipollas efimeras no comen. No sabía cómo seguir—. Donde abunda el agua —terminó como pudo.
—Debe de ser verdad —asintió la mosca más vieja
—Pues allí se debe de estar muy bien —siguió la joven.
—¿Sí? ¿Por qué?
—Porque nadie ha querido volver aquí. »

Un buen abogado no basta.

 

la balanza de la justicia

En Inglaterra una persona estaba siendo juzgada por asesinato.Había  evidencias indiscutibles sobre la culpa del imputado, pero el cadáver no  aparecía. Casi al final de su alegato oral, el abogado, temeroso de que su cliente  fuese condenado, recurrió a un truco:

– «Señoras y señores del jurado, señor Juez, tengo una sorpresa para todos»  -dijo el abogado, mirando hacia su reloj- «Dentro de dos minutos, la  persona que aquí se presume asesinada, entrará en la sala de este  Tribunal.»

Luego el abogado se quedó mirando hacia la puerta.  Los miembros del jurado, el juez, todos ellos sorprendidos miraban también  llenos de ansiedad.

Transcurrieron dos largos minutos y nada sucedió. El abogado, entonces,  finalizó diciendo:

– «Realmente, dije eso y todos ustedes miraron hacia la puerta con la  expectativa de ver a la supuesta víctima. Por lo tanto, quedó claro que  todos tienen dudas en este caso, de que alguien realmente haya sido  asesinado. Es por ello que les ruego que consideren a mi cliente inocente,  ya que ante la duda el mismo debe ser declarado inocente». (In dubio pro  reo).

Los jurados, visiblemente sorprendidos, se retiraron para la decisión  final. Algunos minutos después, el jurado volvió y pronunció su veredicto:

– ¡ CULPABLE !

– «¿Pero cómo?» – preguntó el abogado – «Yo vi a todos ustedes mirar  fijamente hacia la puerta. ¡ Es evidente que estaban con dudas! ¿Cómo  condenan con duda ?»

Y el juez aclaró:

– Sí, todos nosotros miramos hacia la puerta, menos su cliente….

Moraleja: No sirve de nada ser un buen abogado si el cliente es un gilipollas.

 

El milagro de Lamberto. José Antonio Labordeta.

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Canción del disco Cantes de la Tierra Adentro de José Antonio Labordeta (1976), que narra las desventuras de Lamberto que supuestamente fué decapitado por centuriones del imperio romano.

El milagro de Lamberto

fue anti imperio romano

anduvo unas cuantas leguas

 con la cabeza en la mano.

.

Salió Lamberto de casa

para ir a su ocupación

 y a mitad del recorrido

 le detuvo un centurión:

.

– ¿Adónde va el saldubiense

 por esta tierra cercada?

– Voy a entrecavar tomates

 a sembrar trigo y cebada.

.

– Ni siembre trigo y cebada

 ni entrecave los tomates

 que estos son cotos cerrados

 de las tropas imperiales.

.

– Si las tropas imperiales

han acotado mi «hoya»

 vuelven a hacer lo mismito

 que hacen en Chile o Camboya.

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El centurión indignado

con este marxicristiano

le dio un tajo en la cabeza

 y se la puso en la mano.

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Lamberto por propio pie

 se enterró con Santa Engracia

 los dos habían caido

 por querer la democracia.

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El milagro de Lamberto…

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Hormigas. Diario de mi primer colonia: Atta

Domingo 1ro de Enero de 2012
Hoy estaba saliendo de mi casa cuando vi en el jardín un pequeño hueco. Mientras esperaba a mi papá, noté que había un insecto que salía constantemente a dejar pequeñas bolitas de barro. Me acerqué más y noté que era una hormiga, pero era gigantesca (para ser hormiga, claro). Ahí empecé a ver un montón de hormigas aladas muertas por el jardín, y ahí me di cuenta que ésta que hacía el hueco fuera probablemente una reina.

Traje la pala y un frasco de mermelada, y cuando salió de nuevo, clavé la pala para cerrarle el paso y lo metí en el frasco. Luego llené otro frasco con la misma tierra de su hormiguero y la pasé ahí. De ahí me fui a investigar cómo cuidar una reina, y bueno, hice lo que pude, unos huecos en la tapa del frasco, un algodón húmedo, un lugar oscuro y listo. Para este momento ya había empezado a cavar en el frasco. Siempre quise tener una colonia de hormigas, espero que me vaya bien con esta.

Lunes 2 de Enero de 2012
Hoy me puse a investigar en internet, y por lo que he leído, es una reina de Atta (cephalotes?). Ya que es grande, como de 2.5 cm, y se parece mucho a las imágenes que he visto de estas, además aquí son bien comunes, las llamamos cepes.

Durante la noche continuó cavando, llegó hasta el fondo del frasco y cavó una cámara bastante amplia. Tapó la entrada a la cámara, pero por suerte la misma está bien pegada al frasco, por lo que la puedo ver, pero cuando la saco del armario y le da la luz, se pone a caminar por toda la cámara, como si se pusiera nerviosa, así que la he dejado tranquila.

Martes 3 de Enero de 2012
Hoy me puse a investigar y llegué desde un post de taringa a un foro (este foro, jejeje), en el me registré y obtuve bastantes concejos e información. Hoy cuando revisé al medio día a la Reina, vi que había puesto algo blanco pegado a una de las paredes del frasco. También noté que esta vez no se movía de su lugar, aún cuando saqué el frasco y lo iluminé con una linterna, parece muy afanada cuidando lo que sea que es eso blanco.

Al principio pensé que eso eran huevos, pero ahora no estoy seguro, tal vez sea su hongo, además, por lo que he leído, lo lógico es que sea el hongo. Además le puse dos pedacitos de hoja, pero como tiene tapada la salida de su cámara, no creo que tenga intenciones de recolectar alimento.

Miércoles 4 de Enero de 2012
Al medio día revisé a la reina y noté que la tierra estaba bastante seca, sobre todo al fondo del frasco, que es donde está ella. Por suerte la cámara parecía más húmeda que el resto del sustrato. Las hojitas que le puse no las tocó. De hecho no salí de su cámara. A la noche compré unas jeringas, cambié el algodón por otro, pues este estaba un poco amarillo, y como encima no esterilicé la tierra, no pretendo que se forme ni un poquito de hongos en este.

Coloqué el nuevo algodón bien húmedo y rocié un poco el resto del frasco con agua de una jeringa. Espero no haberme excedido. Durante todo el proceso ella se quedó quietecita con su hongo. El hongo sigue igual de tamaño no ha crecido.

Jueves 5 de Enero de 2012
Hoy a la mañana la volví a revisar, me pareció que había como un trocito de hongo que ayer no estaba, aunque este era amarillo, y no blanco. Y por primera vez en dos días, la Reina no estaba manipulándolo, sino que estaba ampliando el tamaño de la cámara, o al menos eso parecía pues tenía una bolita de barro en su boca.

Al medio día habrí un momento la puerta y la vi muy afanada haciendo algo, pero como no la pienso revisar hasta la noche, la dejé tranquila, en la noche voy a revisar la humedad y veré si hay novedades con el hongo.

Martes 17 de Enero de 2012
Estas hormigas tienen un desarrollo muuuy lento, por lo que en este tiempo no han habido casi novedades.

La reina sigue viva. Se ha mantenido en su cámara, a la cual ella misma ha tapado la entrada. La pelotita de hongo y huevos ahora ya está bastante grande, y se nota claramente algunas secciones amarillas, que es el hongo, y otras secciones blancas, que son los huevos. Según lo que he investigado, deben ser huevos tróficos.

Al parecer la tierra no le agrada mucho para cultivar el hongo, pues lo ha puesto y lo mantiene pegado a la pared del frasco, y mantiene los alrededores bien limpios de tierra. Tal vez el hecho de que no esterilicé la tierra tenga algo que ver, pero no puedo estar seguro. Además a Sogtulakk, con sus Acromyrmex le ha pasado algo semejante.

El sistema que utilizaba para abastecer de humedad el sustrato era una bola de algodón completamente humedecido, colocado sobre al tierra, el cual iba dejando pasar la humedad de él al sustrato de forma lenta. Este algodón lo humedecía una vez al día con 5 ml de agua. y la humedad se mantenía bien.

Sin embargo el martes pasado intenté hacer otro sistema, algo más «sofisticado», con un tubo con una de las salidas tapada con un algodón bien apretado, y la ta otra con un pequeño tapón de goma.

Pero otra vez se comprueba que cuando algo funciona, es mejor dejarlo así. Ese nuevo arreglo dejó pasar demasiado rápido el agua a la tierra, lo que produjo un exceso de humedad. en cuestión de 20 minutos se había vaciado el tubo (de 5 ml también). Se comenzaron a condensar gotitas de agua en la pared del frasco, dentro de la cámara de la reina. no le volví a colocar humedad. Pasaron 4 días sin que desaparezcan las gotitas. ya el domingo no tenía gotitas, supongo que hoy o mañana volveré al sistema del algodón. Por suerte no sucedió nada desastroso.

Tengo algunas fotos de la hormiga y del frasco en el que está, y un video en donde se la ve trabajando, sin embargo no tengo el cable de mi cámara para pasarlos a la compu. Espero mañana comprar uno. En cuanto lo tenga les aseguro que las subo.

Martes 7 de Febrero de 2012

Cómo ya he dicho en otras oportunidades, estas hormigas se toman su tiempo. No ha habido realmente novedades hasta hace dos días. Durante todo este tiempo, vigilaba la labor de la Reina cada dos días, y excepcionalmente dos o tres días seguidos.

Como ya había comentado, no esterilicé la tierra en la que puse a la reina. Esto hiso que hace unos días, cuando la saqué para observarla, notara que estaba creciendo una planta por encima del sustrato. Probablemente sea un trébol. Mi primera intención fue quitarla, pero no lo hice por dos motivos. El primero es que al arrancarla, las raíces removieran la tierra y ocasionaran un derrumbe en la cámara de la Reina, cosa que podría haber sido desastrosa para el desarrollo del hongo. El segundo es que así, cuando nazcan las obreras, tendrán comida fresca, jejeje. El supuesto trébol lo único que hace es alargar su tallo más y más, no creo que nunca se “abra”, pues como está siempre a oscuras, debe estar buscando algo de luz.

El crecimiento del hongo era lento pero constante. Sin embargo el domingo, cuando la saqué para observarla me llevé una tremenda desilusión, porque, como si hubiera tenido un ataque de ira, el hongo estaba deshecho, y habían restos de él por todo el piso de la cámara. Primero pensé que estaba mudándolo por algún motivo. Pero me quedé observándola y vi cómo agarraba un pedacito de los que estaban por el piso y lo llevaba al mismo lugar donde siempre estuvo el hongo.

No sé qué pudo haberla motivado a deshacer el hongo, pero evidentemente ya lo estaba rehaciendo. Mi mayor miedo era que hubiera aparecido otro hongo, y que ella hubiera tratado de llevar el suyo más lejos. (Sí, el fantasma de no haber esterilizado la tierra siempre está presente).

Hoy cuando la volví a revisar noté que ya había vuelto a armar el hongo, que quedó un poco más pequeño que antes, o al menos esa es la impresión que me da. Ya no quedan restos de él por el piso, aunque probablemente los que quedaban se hayan muerto y por eso no se los ve.

Aprovecho a comentarles que hace una semana más o menos llovió, y el clima se puso bien húmedo. Y cuando saqué la reina para revisarla, noté que el vidrio estaba empañado por dentro, y que la tierra brillaba por el agua condensada en su superficie. Es la segunda vez que tengo exceso de humedad en el frasco. Tengo que tener más cuidado.

Miércoles 8 de febrero de 2012

NOTICIAS!!!!! Hoy al sacar el frasco al medio día, vi tres pequeñas hormigas que habían nacido. Fue como si naciera el hijo de algún amigo, jejejeje, esa fue la emoción. Parece en todo caso que el “ataque de ira” que tuvo el domingo tuvo algo que ver, tal vez estaba separando las pupas del hongo, no lo sé, porque el frasco no permite ver muy bien.

Tampoco sacar fotos, porque el flash se refleja en el vidrio y no se ve nada. Pero lo cierto es que ya tiene nurses.

Tengo que empezar a pensar que voy a hacer del hormiguero, porque si bien las que nacieron ahora son jardineras, que no van a salir del hormiguero, en cualquier momento van a nacer obreras más grandes, de las que cortan y llevan hojas, y el frasco es muy pequeño como para alimentarlas ahí mismo.

Esta historia proviene del foro de lamarabunta.org  ,una web donde encontrareis toda una comunidad internacional en lengua hispana apasionada por el mundo de las hormigas. En concreto, este «Diario de mi primer colonia«, esta escrito por rojobad un muchacho de Santa Cruz en Bolivia al cual le enviamos un cordial saludo. Su diario me ha parecido muy interesante y se extiende mas alla de los dias que os copio. No dejeis de seguirlo.

La unica pega que encontré fue pasar el chaptca del registro. Despues de 7 u 8 intentos ya no me dejó intentarlo mas. Espero tengais mas suerte.

Pictures from: